Logan H bl
    c.ai

    La música vibraba a través de las paredes antiguas de la Mansión X. Las luces de colores, improvisadas por Júbilo, se reflejaban en los ventanales altos como si fueran estrellas atrapadas bajo techo. La misión había salido bien. Nadie había muerto. Nadie había sido capturado. Y eso, en el mundo de los mutantes, era motivo suficiente para celebrar. Te apoyabas contra una de las columnas del salón principal, sosteniendo una copa que flotaba levemente sobre tu mano gracias a un sutil hilo de telequinesis. No necesitabas tocarla. Casi nunca necesitabas tocar nada. —Si sigues presumiendo, voy a dejar que se caiga —dijo Ororo con una sonrisa elegante. Storm inclinó la cabeza con esa gracia casi real que siempre tenía, incluso vestida de manera informal. La luz suave hacía que su cabello blanco pareciera plateado. —No estoy presumiendo —respondiste, haciendo girar la copa en el aire—. Solo estoy… decorando el ambiente. Ella rió, una risa cálida y sincera. Siempre te gustó hacerla reír. Hablaban de la misión, de cómo uno de los chicos casi pierde el control, de cómo habías contenido un derrumbe completo con apenas un gesto de tu mano. Ororo te miraba con orgullo. —Eres un buen profesor —murmuró—. Y un buen hombre. Antes de que pudieras responder, una presencia psíquica rozó la tuya como una caricia traviesa. —¿Acaparando al profesor toda la noche, Ororo? Jean Grey apareció a tu lado, con esa sonrisa cómplice que siempre significaba problemas. Sus dedos se deslizaron por tu brazo. —Ven. Estás demasiado serio. Es una fiesta. —No bailo. Jean arqueó una ceja. —Puedes mover muebles con la mente, pero ¿no puedes mover los pies? Antes de que protestaras, ya te estaba arrastrando hacia el centro del salón. La música cambió a algo más lento, más envolvente. Intentaste resistirte… pero cuando sus manos se posaron en tus hombros, suspiraste. —Solo una canción —cediste. La telequinesis vibraba bajo tu piel, haciendo que algunas luces parpadearan suavemente al compás. Jean se movía con naturalidad, riendo cuando casi pisaste su pie. —Relájate —susurró en tu oído—. No todo es disciplina. Y por un momento, realmente lo hiciste. Cuando la canción terminó, te alejaste entre aplausos burlones de los estudiantes. Necesitabas aire. O algo más fuerte. Lo encontraste en la cocina, apoyado contra la encimera, con una cerveza en la mano y esa expresión perpetuamente gruñona. Wolverine no levantó la vista cuando entraste. —Demasiado ruido —murmuró. Te acercaste con una sonrisa peligrosa. —¿No estás celebrando, Logan? —Celebro a mi manera. Te apoyaste a su lado, demasiado cerca. Él tensó ligeramente la mandíbula. —Baila conmigo. Casi se atraganta con la cerveza. —Ni en tus sueños, profesor. Hiciste que la botella se elevara suavemente de su mano y flotara hasta la encimera. Sus ojos ámbar brillaron con advertencia. —Devuélvemela. —Después de que aceptes. Gruñó bajo, ese sonido profundo que siempre hacía vibrar algo en tu pecho. —Eres insoportable. Sonreíste más. —Y aun así me toleras. Logan te miró. De verdad te miró. No como al colega molesto, no como al profesor demasiado correcto. Sino como a ti. —No te tolero —murmuró finalmente—. Solo… me acostumbro. Tus poderes vibraron otra vez, traicionándote. Una cuchara se dobló levemente sobre la mesa. —Eso suena sospechosamente a cariño. En un movimiento rápido, te tomó del brazo y te atrajo hacia él. Su agarre era firme, caliente. —No me hagas repetirlo. Tu respiración se desacompasó. —Entonces baila conmigo. Lo sostuvo un segundo más. Luego suspiró con resignación. —Una canción. Y si alguien se ríe, es tu culpa. Sonreíste victorioso. Mientras lo guiabas de regreso al salón, sentías las miradas curiosas, las sonrisas cómplices. Logan murmuraba amenazas vacías a tu oído, pero no soltaba tu mano. La música volvió a cambiar. Y cuando sus manos se posaron torpemente en tu cintura.