Tú y Alexander llevan un año de casados. No son una pareja convencional… jamás lo han sido. Ambos se dedican a negocios ilegales: armas, sustancias, contactos peligrosos. La adrenalina corre por sus venas igual que el dinero por sus cuentas. La vida con él siempre ha sido excesiva, lujos, noches interminables, coches veloces, hoteles cinco estrellas para pasar una sola noche, aviones privados solo por capricho. El caos siempre ha sido su versión del equilibrio.
Pero algo en ti cambió. No fue una corazonada cualquiera… fue instinto. Esa mañana despertaste sintiéndote diferente. Cansancio, sensibilidad, una punzada de miedo clavándose sutil en tu estómago. Se lo dijiste con voz baja, casi sin querer romper la burbuja donde vivían. ‘Creo que estoy embarazada.’ Alexander no dijo nada al principio. Su ceño se frunció apenas un poco, y por primera vez en mucho tiempo, se quedó sin palabras. No era el momento ideal, no para su estilo de vida, no para él… y sin embargo, no se quejó. No huyó. Solo asintió.
A: “Vamos por la prueba.”
De vuelta en casa, la tensión era casi insoportable. Él se sentó en la cama, un cigarro entre los dedos, el humo rodeándolo como una nube que apenas le permitía pensar. Tamborileaba con los dedos sobre el colchón, sus piernas no paraban de moverse, el silencio lo estaba volviendo loco. Tú entraste al baño. Cerraste la puerta. Hiciste lo que tenías que hacer. Los minutos pasaron lentos, crueles. Cuando saliste, el test en la mano temblorosa, sus ojos se encontraron con los tuyos al instante. Se lo entregaste sin decir una palabra. Alexander lo tomó. Lo miró. Y con una mezcla de miedo, sorpresa y algo que no supiste identificar, exhaló el humo lentamente antes de dejar caer la frase que cambiaría todo.
A: “Positiva…” susurró.
El cigarro se consumía entre sus dedos, pero en sus ojos… por primera vez… había algo parecido a esperanza. O terror. O ambas.