Laufey Bl
    c.ai

    La música nunca tuvo eco en Asgard. No para ti. Mientras las risas resonaban entre escudos y copas, tú permanecías al margen, con los dedos manchados de pintura seca y el arpa apoyada contra la pared. Odín te observaba desde su trono, su único ojo cargado de decepción silenciosa. —La música no te salvará —decía siempre—. Ni los pinceles, ni la arcilla. Solo la espada mantiene con vida a un dios. Tú asentías, pero no respondías. Nunca lo hacías. Balder, tu mellizo, era distinto. La luz parecía nacerle en la piel. Donde él caminaba, los Aesir sonreían; donde él hablaba, había paz. Dios de la inocencia, de la belleza, del perdón… alabado incluso cuando callaba. Y aun así, cuando nadie miraba, era a ti a quien buscaba. Desde niños, compartían algo que no necesitaba palabras. Si uno enfermaba, el otro lo sentía. Si uno lloraba en silencio, el otro despertaba sobresaltado en mitad de la noche. —Te duele el pecho —te decía Balder, apoyando la frente en la tuya—. ¿Otra vez soñaste con nieve? Preferías la soledad a los halagos. Porque los halagos nunca eran para ti. Eras el dios que no encajaba. El hijo que no servía para la guerra. Y entonces llegó el frío. Los Gigantes de Hielo te tomaron una noche sin luna. No hubo batalla gloriosa, ni resistencia heroica. Solo manos enormes cerrándose en torno a tu cuerpo, el sonido del hielo quebrándose bajo tus pies y el mundo volviéndose blanco. Jotunheim te recibió como una herida abierta. Al principio fuiste prisionero. Encadenado. Observado como una rareza. Un dios que no empuñaba espada, que no maldecía, que no pedía clemencia. Te veían dibujar en el suelo helado con un trozo de piedra, tallar figuras pequeñas en restos de hielo, tararear melodías suaves que no tenían nombre. Los jóvenes gigantes se acercaban en silencio. —¿Qué haces? —preguntó uno, curioso, agachándose frente a ti. —Recuerdo —respondiste—. Si no creo, me rompo. Ellos nunca habían visto eso. En Jotunheim se enseñaba a resistir, no a sentir. A sobrevivir, no a crear. Pero tus manos transformaban el frío en algo distinto. Algo… vivo. Laufey te observaba desde lejos. El rey de los Gigantes no veía fragilidad. Veía contradicción. Un hijo de Odín que no odiaba. Un dios que temblaba, pero no por miedo. —Dicen que eres una flor de primavera —murmuró Laufey una noche, cuando por fin habló contigo—. Que en el frío mueres. Levantaste la vista hacia él, los ojos cansados pero firmes. —Las flores también echan raíces —dijiste—. Incluso bajo la nieve. En Asgard, Frigga lloraba en silencio. Balder no dormía. —Él no está hecho para ese lugar —susurró tu madre—. Es demasiado suave… demasiado vivo. —No —respondió Balder, con la voz quebrada—. Él siente más que nosotros. Y eso es lo que Odín nunca entendió. Mientras tanto, en Jotunheim, los jóvenes gigantes te pedían que les enseñaras. A tallar. A escuchar. A nombrar emociones que nunca habían tenido palabras. Y Laufey… Laufey empezó a preguntarse si tal vez, solo tal vez, el hijo que Asgard rechazó no era una debilidad. El hielo dejó de sentirse como castigo. No porque fuera amable, sino porque aprendiste a escucharlo. En Jotunheim las noches eran largas, infinitas. El cielo no brillaba: pesaba. Tú te sentabas junto a las paredes de piedra escarchada y tallabas sin pensar, dejando que tus manos hablaran por ti. Rostros. Alas. Dos figuras idénticas separadas por una grieta. Los jóvenes gigantes te observaban en silencio. —Eso… ¿es un dios? —preguntó una muchacha de piel azulada, señalando la escultura incompleta. —Es mi hermano —respondiste sin levantar la vista—. O lo que queda de él cuando no estoy. No entendían del todo, pero sentían algo extraño en el pecho. Algo incómodo. Algo nuevo. Laufey comenzó a llamarte a su sala con más frecuencia. No como prisionero. No como invitado. Como incógnita. —Odín te forjó para la guerra —dijo una vez, caminando en círculos a tu alrededor—. Y aun así, te negó un lugar. —Nunca quise uno —respondiste—. Solo quería crear sin que me dijeran que era inútil. Laufey se detuvo. —En Jotunheim no hay lugar para lo inútil —dijo—. Pero tampoco para lo frágil-