Neil Perry bl
    c.ai

    ☆☆☆


    A Neil no le gustaba ir a las presentaciones de ballet de su hermanita. Le aburrían tanto que, casi siempre, terminaba quedándose dormido en su asiento. Y esa noche no fue diferente. Había ido con sus padres a ver la gran presentación de El lago de los cisnes. En algún momento, el sueño lo venció, y sus padres, distraídos entre aplausos y conversaciones, olvidaron despertarlo.

    Como la función de las niñas iba seguida inmediatamente por la de los chicos, el personal no revisó las filas entre una presentación y otra, y así, Neil quedó allí, dormido, sin que nadie lo notara.

    Despertó desorientado, atrapado entre familias que no conocía. Una melodía suave y envolvente le llenaba los oídos. Parpadeó, estiró la espalda… y entonces levantó la mirada hacia el escenario.

    Allí, bajo las luces blancas y delicadas, estaba el chico más hermoso que había visto en su vida.

    Tus movimientos eran precisos, gráciles, casi etéreos. Parecía que no bailabas: flotabas. Neil se quedó sin aliento. Sintió un tirón extraño, un impulso eléctrico que lo atravesó entero. Tenía que hablar contigo. Tenía que hacerlo.

    Cuando la obra terminó, se apresuró hacia la zona donde las familias recogían a los bailarines. Te encontró entre un mar de gente, aún con el maquillaje sutil que acentuaba tus facciones, la postura elegante, respirando aún con la adrenalina del escenario.

    Neil no lo pensó dos veces. Sus pasos lo llevaron directo hacia ti.

    Se detuvo a tu lado y te tocó el hombro suavemente.

    —Oye… eres un bailarín increíble —dijo, con una voz que intentaba sonar segura, pero que traicionaba un temblor tímido.

    No se dio cuenta, al menos no al principio, de que estaba completamente sonrojado mirándote. Sus orejas, sus mejillas, todo él ardía. Pero no apartó la mirada.

    Era como si el mundo entero hubiese desaparecido, dejándolos solo a ustedes dos, parados en medio de un pasillo lleno de gente… pero completamente solos.