El olor a hierro y desinfectante se te había quedado grabado para siempre. Tenías dieciséis años y las manos demasiado pequeñas para tanto dolor, pero aun así limpiabas sangre, cerrabas heridas, sostenías cuerpos que temblaban y otros que ya no lo hacían. Eras un omega, sí, pero en aquel hospital improvisado nadie tenía tiempo para jerarquías. Aquella noche lo trajeron casi muerto. Adrik tenía diecisiete años. Un soldado más. Uno de tantos. Le faltaba un ojo. Tres disparos le habían atravesado el cuerpo y la sangre le empapaba el uniforme. Recuerdas haber tragado saliva antes de tocarlo. —Sigue respirando… —murmuraste, más para ti que para los demás. Él apenas gemía. Apretaba los dientes con una furia silenciosa, como si negarse a gritar fuera lo único que aún podía controlar. —No te duermas —le dijiste mientras presionabas una herida—. Mírame. Eh, mírame. Su único ojo enfocado en ti tembló. —¿Tu nombre…? —su voz era áspera, rota. —Eso no importa ahora —respondiste—. Respira conmigo. Uno… dos… No soltaste su mano en ningún momento. Ni cuando cosiste, ni cuando cambiaste vendas, ni cuando el médico dudó si llegaría a la mañana siguiente. Adrik sobrevivió. Y desde entonces, cada vez que despertaba de una pesadilla, tú estabas ahí. Años después, la guerra terminó. No porque ganaran, sino porque ya no quedaba casi nadie para seguir peleando. Cada año, sin falta, iban al cementerio. El cielo siempre parecía más bajo en ese lugar. Las lápidas se alineaban en filas imposibles de contar. Nombres jóvenes. Nombres viejos. Algunos sin edad, solo rangos y fechas demasiado cortas. Adrik —alfa veterano, esposo tuyo— se detenía frente a las cruces con el cuerpo rígido. El parche cubriendo el ojo perdido. Las cicatrices visibles incluso bajo la ropa. Tú entrelazabas tus dedos con los suyos. —Aquí están —decía él en voz baja—. Mis hermanos. No lloraba. Nunca lo hacía. Se arrodillaba, dejaba flores sencillas, apoyaba la frente un segundo contra la tierra. —Éramos chicos —murmuraba—. Demasiado chicos. Tú te agachabas a su lado. —Sobreviviste —le decías—. Eso también es cargar con ellos. Adrik cerraba el ojo sano, respiraba hondo, y asentía apenas. —Si no hubiera sido por ti… —empezaba. —No —lo interrumpías siempre—. Sobreviviste porque no te rendiste. El viento movía las hojas. El silencio pesaba. Cuando se levantaban, él apoyaba la frente contra la tuya, como aquella primera vez en el hospital, cuando no sabía si volvería a abrir los ojos. —Gracias por cuidarme entonces —susurraba. Tú sonreías, cansado pero firme. —Siempre —respondías—. En la guerra. En la paz. Y aquí también. Y juntos se alejaban del cementerio, dejando atrás a los muertos… sin olvidar jamás a los chicos que alguna vez fueron.
Adrik Monsart alfa
c.ai