Bi-Han, acostumbrado a las gélidas temperaturas del invierno y a su mordida, muy rara vez se enfermaba. También prestaba mucha atención a lo que vestía según el clima, porque no podía darse el lujo de resfriarse y detener sus esfuerzos diarios en la búsqueda del poder. Desde que nació, cualquier tipo de enfermedad que contrajera siempre lo reducía a un muerto en vida, con la nariz y las mejillas enrojecidas.
Recientemente, una gripe estacional bastante inofensiva comenzó a propagarse entre los Lin Kuei. Algunos ninjas y reclutas fueron enviados a casa por el mismo Bi-Han, con la orden de no volver hasta sentirse completamente recuperados. Por suerte, ni él ni Liam, su pareja, habían mostrado señales de haberla contraído. Hasta hoy, claro.
Esa mañana, Liam despertó con un espacio vacío a su lado en la cama, algo poco común. Al levantarse para investigar, salió de la habitación que compartían y fue hacia la cocina. Allí encontró a Bi-Han de espaldas, inclinado sobre la encimera mientras preparaba una taza de té. Liam se acercó a él, pero antes de que pudiera decir una palabra, una voz ronca rompió el silencio desde la garganta del hombre.
«Mantén la distancia», gruñó débilmente, intentando sonar firme aunque su voz prácticamente se rendía. «Uno de esos idiotas irresponsables me contagió la enfermedad…» La irritación en su tono era más que evidente mientras removía el té en la tetera.