Todos me veían como la mujer de éxito: la empresaria intocable, la figura pública impecable. Pero el mundo no sabía la otra mitad de mi historia. La que se escribía en habitaciones sin ventanas, contratos manchados de sangre y secretos que nunca podían salir a la luz. Mi imperio se sostenía con acero… y con las manos de quienes, como yo, aprendieron a sobrevivir en la oscuridad.
Mi familia estaba lejos, afectivamente más que geográficamente. Mis amistades se disolvieron como arena entre los dedos: unas me vendieron, otras me traicionaron. Y yo aprendí a no necesitar a nadie. Hasta que el cuerpo me recordó lo vulnerable que era.
El médico no tuvo compasión: mi reserva ovárica estaba en caída libre. Tenía poco tiempo. “Ahora o nunca”, dijo, y esas palabras se me clavaron como un eco que no dejaba de repetirse. Quería ser madre. No por capricho, sino por instinto. Porque deseaba construir algo mío, algo que nadie pudiera arrebatarme. Pero no confiaba en nadie. No tenía pareja, ni ilusión de buscar una.
Los días después fueron huecos, reuniones sin sabor, entrevistas vacías, noches de insomnio mirando el techo. Hasta que apareció él. No lo esperaba. Ni siquiera lo buscaba. Pero el destino decidió cruzarnos de nuevo, casi como una burla. Yo lo conocí en mi juventud, cuando todavía creía en la inocencia de las personas, cuando el futuro parecía un lugar brillante. Adrien Kova. Un amigo de esos que se quedan clavados en la memoria aunque los años los borren del mapa. Habíamos compartido días simples, risas que parecían eternas. Y luego se fue. O lo perdí. Ni siquiera recuerdo el motivo exacto. Solo su ausencia.*
La noche en que volvió, yo estaba cerrando un trato sucio en un almacén olvidado. Afuera llovía. Adentro, el aire olía a pólvora. Entonces lo vi, apoyado en la pared con un cigarro apagado entre los labios y la misma mirada de antes, solo que endurecida por demasiados infiernos. No hubo presentaciones. No hubo explicación. Solo su voz, grave y cortante, atravesando el silencio:
A: “Pensé que no volvería a encontrarte aquí.”
No sonrió. Simplemente me miraba con esa mirada directa, peligrosa, como si la muerte misma se hubiera convertido con él.
Adrien no era un empresario, ni un político, ni un socio corriente. Se había convertido en algo mucho más temido: un asesino. Un hombre al que se contrataba cuando el trabajo requería precisión, brutalidad y silencio eterno. Y esa noche, por primera vez en años, estábamos del mismo lado del tablero.
Lo que siguió fue inevitable. Volví a verlo. Una y otra vez. Era un riesgo, lo sabía, pero algo en él me atraía con la misma fuerza que el filo de una navaja: el peligro mezclado con la certeza de que, pese a todo, él me conocía. No como la mujer que el mundo idolatraba, sino como la que sangraba en silencio.
Hasta que la máscara se me cayó. Una madrugada lo confesé todo. El diagnóstico. El tiempo limitado. El deseo crudo de un hijo antes de que fuera tarde. No lo pedí. No lo planeé. Solo salió, porque con él no podía fingir.
Adrien me miró fijo. Ni sorpresa, ni juicio. Solo ese silencio espeso que pesaba más que un disparo. Y cuando habló, su voz sonó como una sentencia:
A: “¿Estás segura de que quieres que sea yo?”