Nunca me fui del pueblo. Desde que tengo memoria, este rincón de tierra polvorienta fue todo lo que conocí: el sonido de las campanas al amanecer, el olor del pan saliendo del horno de doña Aurelia, las risas que se perdían entre los campos de maíz. Pero, sobre todo, tu voz.
Tú eras la hija del gobernador, la pequeña que nunca entendió lo que significaba tener un apellido que pesaba más que los años. Eras traviesa, salvaje, con los zapatos siempre sucios y el cabello enredado. Corrías entre los árboles sin miedo a nada, y yo —hijo de un simple ganadero— iba detrás de ti, tratando de seguirte el paso, fingiendo que no me importaban los regaños de tu padre ni las miradas de los guardias que decían que no debía estar tan cerca de ti.
Nos conocíamos desde niños, y aunque éramos opuestos, había algo en ti que siempre me arrastraba. Me hacías romper reglas, colarme en los jardines del palacio, robar frutas del mercado, reír hasta que el cuerpo dolía. Yo juraba que eras invencible, hasta el día en que te llevaron.
Recuerdo el carruaje blanco frente al palacio, los baúles apilados, tu rostro asomado por la ventanilla. No llorabas. Solo me mirabas, con esa expresión terca que siempre tuviste, y dijiste algo que todavía escucho cuando cierro los ojos: ‘Cuando vuelva, quiero ver si aún me esperas.’ Y te fuiste.
Pasaron los años. El pueblo siguió su rutina, el tiempo se volvió gris, y yo crecí. Me hice hombre a base de golpes y polvo. Entrené con los toreros que venían de la capital, aprendí a enfrentar el miedo y a vivir de los aplausos ajenos, pero ninguna ovación llenó el vacío que dejaste.
Nunca me fui porque nunca supe hacerlo. ¿Cómo se va uno del lugar donde amó por primera vez?
Hoy, sin embargo, el aire olía distinto. Decían que habías vuelto. Que el convento te había hecho más “dama”, más recatada, más de ciudad. Que ya no eras la niña que gritaba mi nombre desde los muros del palacio, sino una mujer formada en las costumbres y el silencio.
Pero cuando el clarín sonó y el público se alzó de sus asientos, supe que eras tú antes de verte. El estadio se llenó de un murmullo que se detuvo al instante en que apareciste. Caminabas despacio, con un vestido que parecía flotar, un abanico en la mano cubriéndote el rostro. Y yo, en medio de la arena, con el capote apretado entre los dedos, sentí cómo el mundo se detenía.
Cada paso tuyo resonaba como un recuerdo. Te vi subir las gradas, acomodarte entre los invitados del gobernador, y cuando por fin bajaste el abanico y nuestras miradas se cruzaron, fue como si el tiempo se rindiera. Solté el aire, casi en un susurro que solo yo oí:
M: “Esta corrida es por ti.”