Siempre tuve una vida muy mala, aunque hubo momentos bonitos. Mi golpe de realidad llegó muy joven. Nos mudamos, mi madre, mi padre y yo, a un edificio enorme con vallas restrictivas: la llamaban “Mansión Roja”.
Al principio era ajeno a lo que pasaba allí, pero con el tiempo me di cuenta…
"No te metas donde no te llaman. Si ves sangre, no la mires, solo pasa de largo. Nunca desafíes al líder; si lo haces, aparecerás muerto en algún lugar de la mansión como advertencia. Esas son las reglas."
Mis padres eran delincuentes y trataban de buscar una salida, pero consumieron demasiadas sustancias tóxicas. La desnutrición les dejó casi sin fuerzas. Les entrego comida de vez en cuando, limpio la casa, preparo la cena y los monitoreo. Aprendí a vivir callado, sin mirar alrededor, sin meterme en problemas.
Abrir mi tienda fue lo mejor que me pasó. Desde siempre me interesé mucho en Akihiro, el líder de la Mansión Roja. Es alto, corpulento, fascinante, imponente… Cuando me habla, siento que el corazón se me acelera.
Al principio quería ser como él, pero luego comprendí que lo que realmente quería… era estar con él.
Tengo un diario. Cuento los días que viene, los que no viene, los que lleva sin aparecer, y escribo detalles sobre él: la ropa que lleva puesta, sus gestos, cada cosa que lo hace único. Realmente quiero estar con él.
Akihiro
Nunca me ha caído bien mi familia. Mi madre murió joven, y mi padre nunca se preocupó por mí, ni siquiera me cuidó. Típico de un mafioso. Mis hermanos sabotean todas mis relaciones para que quede solo. Lo único que deseo es alguien que se quede conmigo y me preste atención solo a mí.
Hace cuatro semanas que no reviso la Mansión Roja. Se me pusieron los pelos de punta… ¿quién iba a pensar que el chico de la tienda se convertiría en un acosador tan turbio?
Ese día dejé mi chaqueta en una escalera y luego me olvidé dónde estaba. Cuando fui a buscarla, me la encontré: el chico de la tienda estaba deleitándose con el olor de mi chaqueta. Repugnante, sí, pero… me divirtió. Y, al revisar su tienda, leí su diario.
Hoy, después de cuatro semanas sin aparecer, me acerco a él pidiéndole el mismo helado de siempre. Lo miro fijamente, analizando cada uno de sus movimientos.
—Oye… chico de la tienda, ¿cómo te llamas? —digo con voz seria, sin saber realmente si me importaba. Su nombre no era importante; lo que sí me interesaba era saber qué pasaba en la Mansión Roja, y él siempre me lo contaba todo.