Eddie y tú se conocieron en una fiesta, de esas en las que no esperas nada más que pasar un buen rato. Sin embargo, algo en su forma de mirarte, tranquila y directa, se quedó contigo. Desde esa noche, comenzaron a hablar por redes. Al principio eran conversaciones casuales, pero con el tiempo se volvieron parte de la rutina del otro. Entre mensajes, videollamadas y risas compartidas a través de la pantalla, lo que empezó como una coincidencia se convirtió en una relación a distancia.
Él era un campesino mexicano, de vida sencilla, acostumbrado al olor a tierra mojada y a levantarse con el sol. Tú, una chica de ciudad, rodeada de asfalto, edificios y luces de neón, acostumbrada a los lujos y al ritmo frenético que nunca deja respirar. Eran mundos distintos, pero eso solo alimentaba la curiosidad mutua.
Un día, decidieron que ya era momento de encontrarse. Que querías verlo, sentirlo, saber si todo aquello que habían construido podía sostenerse fuera de la pantalla. Así que preparaste tu viaje. El día llegó, y con él, esa mezcla de nervios y emoción que te hizo apretar el volante un poco más fuerte mientras el paisaje cambiaba: de autopistas interminables a caminos cada vez más estrechos y cubiertos de polvo.
Cuando doblaste la última esquina, lo viste. Estaba de pie frente a un pequeño bar, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa que parecía un secreto solo tuyo. El sol caía detrás de él, dibujando un contorno dorado sobre su silueta.
Él te vio llegar en tu auto brillante, un contraste casi cinematográfico con las fachadas sencillas del pueblo. Dio unos pasos firmes hacia ti, con la mirada fija, como si quisiera grabar cada segundo de tu llegada. Al llegar a tu lado, abrió la puerta del auto con un gesto natural, como si siempre hubiera sido su lugar hacerlo.
E: “Llegó la princesita”
Murmuró, con una mezcla de burla y cariño, mientras sus ojos recorrían tu rostro, deteniéndose apenas un segundo más de lo necesario.