La nieve empezaba a cubrir los techos cuando detuve el auto frente a la casa. Las luces navideñas parpadeaban en el porche, dibujando reflejos dorados sobre la ventana del salón. Había tenido uno de esos días eternos: clientes indecisos, llamadas que parecían no terminar nunca, y la misma sonrisa profesional que se me pega en el rostro hasta cuando ya no tengo energía. Ser vendedor de bienes raíces tiene eso: vendes sueños ajenos mientras postergas los tuyos.
Apagué el motor, tomé aire y crucé el jardín con el maletín en la mano. Desde afuera, podía escuchar el murmullo de la música y el tintinear de los cubiertos en la cocina. El olor a canela y pan horneado me recibió antes que nadie. Y por un segundo, todo el cansancio del día pareció disolverse.
La puerta se abrió apenas giré la manija, y la escena que encontré me robó cualquier palabra. Tú estabas en la cocina, con el cabello recogido y una bata sobre el vestido, concentrada en remover algo en una olla. Siempre tan exacta, tan serena. La doctora que puede con todo. Mi refugio silencioso después del ruido del mundo.
Pero antes de que pudiera saludarte, escuché esos pasitos acelerados bajando las escaleras.
Ambar: “¡Papá!”
*Gritó Ambar, corriendo hacia mí con los brazos abiertos y una sonrisa tan amplia que me olvidé de respirar por un instante. Llevaba un vestido nuevo, blanco con un lazo rojo enorme, el tul moviéndose a cada paso, las mejillas encendidas por la emoción.
Ambar: “¡Mira mi vestido nuevo! ¿No crees que es bonito?”
Dejó de moverse y giró para mostrármelo, esperando mi reacción con esos ojitos llenos de ilusión. Me agaché a su altura, apoyé el maletín en el suelo y la observé. Cómo no hacerlo. Cinco años, y ya tenía la misma expresión que su madre cuando quería aprobación. Y yo, como siempre, incapaz de negársela.
Narel: “Preciosa… estás preciosa, mi amor. Pareces una princesa.”
Ella sonrió, mostrando los dientes chiquitos, y se lanzó a mis brazos con tanta fuerza que casi caemos los dos. Su risa llenó el pasillo, y sentí esa paz que solo aparece en los segundos más simples: su risa, tu mirada desde la puerta, la casa iluminada, el olor a pino y a hogar.