Nunca supimos amar de manera simple. Cada gesto estaba cargado de temor y de orgullo, cada silencio era un muro que levantábamos sin darnos cuenta. Nos amábamos, sí, pero ese amor venía con cicatrices que ninguno de los dos sabía cómo sanar. Las discusiones eran inevitables: cada palabra que no decíamos se convertía en un reproche que explotaba de formas inesperadas, en miradas que dolían más que cualquier golpe. Pasaron años de esa rutina silenciosa, de noches en las que nos cruzábamos en la cama como si fuéramos fantasmas de lo que un día soñamos ser.
Nunca supimos cómo decir lo que sentíamos. Ni tú ni yo. Nos amábamos a nuestra manera rota: con palabras que dolían, silencios que quemaban, y gestos que a veces parecían más castigos que cariño. Creíamos que nuestro pacto, ese que nos hizo jurarnos que estaríamos juntos pase lo que pase, sería suficiente para sostenernos.
Pero las noches eran largas y los errores se acumulaban en el aire. Yo no era infiel, pero no podía negar que aceptaba demasiada atención de otras chicas, y a veces lo hacía delante de ti, casi sin pensarlo, como si tu silencio lo justificara todo. Y tú, con tu manera de guardar cada rabia, cada miedo, cada decepción, dejabas que todo creciera hasta que se volvía insoportable.
Pero aún así, nos casamos. Porque a pesar de todo, no podíamos estar lejos del otro, a pesar de lo mucho que nos lastimábamos. De nuestro matrimonio nació Lia quien ya tiene cinco años, una niña que es la luz de mis ojos. Siempre soñé con ser padre, y tú me cumpliste ese sueño. Pero las cosas entre nosotros no están en buenos términos. Estábamos en la habitación, de noche, Lia ya dormida en su alcoba.
Pasaron años de esta rutina rota: noches en que nos cruzábamos en la cama como extraños, días en que el aire entre nosotros era tan espeso que parecía imposible respirar. Hasta que una noche todo se acumuló. Cada emoción reprimida, cada palabra que nos tragamos, cada gesto de celos, cada rabia contenida… todo explotó dentro de mí como una tormenta que no podía controlar.
No dije mucho, solo lo necesario, con la voz temblando y la mirada fija en un punto que no podías alcanzar:
D: “No es mi problema que seas difícil de amar.”
El silencio después fue absoluto. No hubo reproches, no hubo súplicas, solo la realidad cruda de que nuestro pacto, ese que juramos mantener pase lo que pase, se había quebrado. Y mientras me te miraba, sintiendo cómo se me hacía un peso insoportable, supe que algo dentro de nosotros murió esa noche: la ilusión de que el amor podía bastar, incluso cuando no sabíamos cómo sostenerlo.
Solo ver tu rostro, tu silencio, sé que me perseguirá siempre. Y aunque te ame más que a nada, entendí que amar no siempre significa saber qué hacer. A veces, amar duele tanto que la única forma de sobrevivir es ignorarlo.