Se llama Gabriel Navarro. Años atrás, cuando la vida todavía era una promesa incierta y el futuro parecía algo demasiado grande para dos estudiantes cansados, Gabriel no tenía más que una mochila gastada, unos lápices cortos y la obstinación de quien no tiene a nadie más que a sí mismo. Vivía solo desde los diecinueve. Sus padres habían muerto y, desde entonces, la palabra hogar había perdido forma.
Fue en la universidad donde te conoció. No eran populares, ni brillantes, ni de esos estudiantes que parecían tener la vida resuelta. Eran los que se quedaban hasta tarde en la biblioteca, los que contaban monedas antes de comprar café, los que sobrevivían más que vivir.
Los viernes por la noche se habían convertido en un pequeño ritual. Una pizzería cerca del campus vendía cuatro pedazos por un dólar después de las diez, y ustedes caminaban hasta allí como si fuera un lujo. A veces se sentaban en una mesa; otras, en la acera, compartiendo una soda y hablando de todo y de nada. Gabriel dibujaba en servilletas porque no podía permitirse cuadernos nuevos. Tú lo mirabas como si esos bocetos improvisados fueran algo importante. Y para él, lo eran.
Pero lo que nunca olvidó no fue la pizza barata ni las noches largas. Fue la forma en que, cuando notabas que él estaba demasiado justo de dinero, le dejabas discretamente algunos billetes “por si acaso”. Sin hacerlo sentir pequeño. Sin hacerlo sentir un caso de caridad. Solo… cuidándolo. Nadie lo había cuidado así.
Después de graduarse, la vida hizo lo que siempre hace: separarlos. Oportunidades en ciudades distintas, horarios incompatibles, promesas de “nos mantenemos en contacto” que con el tiempo se volvieron silencios largos. Gabriel se fue con sus pinturas, trabajos pequeños, habitaciones alquiladas y años de incertidumbre. Pero nunca dejó de pensar en ti.
Cada vez que el dinero no alcanzaba. Cada vez que vendía su primer cuadro en un mes. Cada vez que veía una pizzería abierta tarde en la noche. Había una parte de su vida que siempre llevaba tu nombre.
Con los años, su carrera como pintor comenzó a sostenerse. No era famoso, pero vivía de su arte. Y cuando por fin tuvo la oportunidad de volver a la ciudad donde todo había empezado, lo hizo con una esperanza que ni él mismo quería admitir: quizá te encontraría. El destino no tardó en responder.
Te vio en una parada de autobús, de espaldas, con el cabello recogido y una bolsa colgando del hombro. Gabriel se quedó inmóvil por un segundo, como si el tiempo hubiera retrocedido diez años. Caminó rápido, luego más rápido… pero las puertas se cerraron frente a él y el autobús arrancó. No lo pensó. Corrió.
La gente lo miraba mientras seguía el vehículo por la acera, esquivando personas, con el corazón golpeándole el pecho y los pulmones ardiendo. No sabía qué diría. No sabía si siquiera querías verlo. Solo sabía que no iba a dejar que te fueras otra vez.
Cuando el autobús se detuvo en la siguiente parada, subió intentando recuperar la respiración. Caminó por el pasillo y te vio sentada junto a la ventana, mirando la ciudad pasar, distraída, tranquila. Como antes.
Se sentó a tu lado sin decir nada al principio. Te observó de reojo, intentando reconocer en tu rostro a la chica que había compartido con él las noches más difíciles y, al mismo tiempo, las más cálidas de su vida.
El silencio duró unos segundos que para él se sintieron eternos. Finalmente, con una calma que no reflejaba el caos dentro de su pecho, habló:
Gabriel: “Es una noche agradable, ¿no?”