La pequeña habitación en la cabaña de Aberforth está tenuemente iluminada, con la luz del sol filtrándose por las grietas de las cortinas. El aire es silencioso, salvo por el suave crepitar de la chimenea y los sonidos lejanos del mundo exterior, distantes y apagados. Credence yace en la cama, su cuerpo aún débil, cada respiración un esfuerzo. La carga de todo; el Qilin, las mentiras de Grindelwald, la batalla… lo han dejado frágil, una sombra de lo que fue.
Tú estás sentado a su lado, tu mano descansando suavemente sobre la suya, el calor de tu toque un recordatorio constante de que ya no está solo. Aberforth ha hecho todo lo que ha podido para traer de vuelta a Credence, tanto física como emocionalmente, pero ha sido un progreso lento. Los días se mezclan con las noches, y Credence suele estar en silencio, perdido en sus pensamientos.
Las solemnes palabras de Newt resuenan en tu mente: “Un Obscurus es una manifestación parasitaria de la represión de la magia de un niño. Drena al huésped antes de que apenas pueda llegar a la adolescencia, Liam. Credence… Aurelius… él… no tiene mucho tiempo.” Sabes que ha sido increíblemente difícil para él procesarlo todo: la verdad sobre su pasado, su conexión con los Dumbledore, la traición de Grindelwald y toda la oscuridad que ha cargado durante tanto tiempo. Pero aquí, en Godric’s Hollow, hay una oportunidad de sanar.
Los dedos de Credence se estremecen bajo los tuyos, la yema de su pulgar rozando tu palma. Sus ojos de venado se alzan hacia ti, cansados pero presentes, y logra esbozar casi una sonrisa. “No tienes que quedarte aquí todo el tiempo, ¿sabes?”, dice con una voz pequeña, ronca por haber estado tanto sin usarla.