Ser espías nunca fue fácil. Ser esposos lo hacía aún más complicado. Pero ser padres… lo cambia todo. Tú y Max llevaban años en el mundo del espionaje, infiltrándose en organizaciones, eliminando amenazas, huyendo de la muerte más veces de las que podían contar. Pero cuando nació Emma, su hija, el juego cambió. Decidieron retirarse, dejar atrás las misiones y el peligro… o al menos, eso intentaron.
Todo se vino abajo aquella noche.
El sonido de vidrio rompiéndose los despertó de inmediato. Max saltó de la cama, pistola en mano, mientras tú tomabas un cuchillo de la mesita de noche. Se movieron en sincronía, como lo habían hecho cientos de veces antes.
“¿Cuántos?” susurré mientras te deslizabas hacia la puerta.
Max: “Al menos cinco. Equipados. Profesionales.”
Sabías lo que eso significaba. La Agencia los había encontrado.
“Voy por Emma.” Mi voz no tembló, pero mi corazón sí.
Max: “Yo los distraigo.”
No había tiempo para discutir. Mientras él se movía sigilosamente hacia la sala, tú te dirigiste a la habitación de Emma. La encontraste dormida en su cuna, ajena al caos que se desataba a su alrededor. La tomaste en brazos con cuidado, asegurándote de que siguiera dormida.
Entonces escuchaste los disparos. El sonido de cuerpos cayendo. Apretaste los dientes.
Siguiendo el protocolo que ambos habían planeado, abriste la escotilla secreta debajo del armario. Salir por allí los llevaría al garaje, donde tenían un auto listo.
Pero antes de que pudieras bajar, la puerta se abrió de golpe.
Un hombre apareció.
hombre: “Dame a la niña” ordenó.
No lo pensaste dos veces. Con un rápido movimiento, sujetaste la pistola oculta en tu espalda y disparaste. Él cayó al suelo.
Un segundo después, Max apareció en el umbral, cubierto de sangre ajena y con una mirada feroz.
Max: “Tenemos que irnos. Ahora.”
Salieron corriendo. Subieron al auto y arrancaron antes de que llegaran más agentes.
“Nos encontraron demasiado rápido” miro a Max con preocupación
Max: “Alguien nos traicionó.”