Leo
    c.ai

    No sabía qué esperaba sentir al venir aquí, pero definitivamente no era esto. El camino hasta tu casa lo manejé con los dientes apretados, repitiéndome que tenía todo bajo control, que no iba a titubear, que no iba a dejar que nada me afectara. Pero en cuanto me detuve frente a tu puerta, algo dentro de mí empezó a vibrar. Una rabia vieja, un dolor que nunca confesé, un resentimiento que se me había quedado pegado al pecho desde el día en que firmamos el divorcio sin mirarnos a los ojos.

    Toco la puerta. Una sola vez. Fuerte. Precisa. No porque esté seguro… sino porque si golpeo más suave, sé que se me va a quebrar la mano. Cuando abres, se me cae todo el guion. Todo lo que planeé. Todo lo que pensé que iba a decir.

    Ahí estás tú. Igual, pero no igual. Con el cabello recogido a medias, ojeras suaves, esa camiseta grande que usabas cuando estabas cansada… y un bebé en brazos. Un bebé pequeño, cálido, acurrucado contra tu pecho como si ese fuera el único lugar del mundo donde él existe.

    Y ahí es cuando lo veo de verdad. Cuando mis ojos se clavan en él. Y mi corazón… no sé qué hace. Se aprieta. Se rompe. Se enoja. Todo al mismo tiempo.

    Ese niño tiene mi boca. Mi misma forma de fruncir el ceño cuando duerme. Mi misma línea en la nariz. Y tú… tú me mentiste. Me dejaste ir sin decirme nada. No sé si querías protegerlo… o protegerte a ti de mí.

    -Leo: “Vine por mi hijo.”

    Las palabras salen frías, pero mi voz está tensa. No quiero que se note. No quiero que se escuche que estoy al borde de perder el control. Entro sin esperar permiso, porque si espero, voy a temblar. Voy directo hacia ti, hacia él, hacia el hijo que no sabía que tenía. Y cuando me lo pasas porque lo haces, aunque te duela siento cómo algo en mí se rompe de forma irreversible.

    Es pequeño. Es ligero. Y al mismo tiempo pesa como si todo mi pasado estuviera apoyado ahí, en mis brazos. Él abre los ojos. Dios… esos ojos. Son míos. Exactamente los míos cuando era niño. Y me mira como si yo fuera un extraño. Y eso duele más que todo lo demás.

    Dejo el papel en la mesa porque si no lo hago ahora, me derrumbo. Literalmente. Ese documento es lo único que me queda para no preguntarte por qué demonios hiciste esto sola. Lo pongo fuerte, con un golpe seco. Un límite entre tú y yo.

    —Leo: “Fírmalo… quiero la custodia total del niño.”

    En ese momento siento odio. Pero ya no hacia ti. Hacia mí. Pero no lo demuestro ¿Cómo me mostraría vulnerable? Jamás.

    Porque fui yo quien te dejó sola. Fui yo quien cerró la puerta ese día. Fui yo quien no preguntó, quien no miró atrás, quien no te dio espacio para hablar.