Arreglé mis cosas sin hacer ruido, como si el silencio pudiera convertir esto en algo menos real, doblé la camisa azul que siempre te gustó con una delicadeza absurda, como si así pudiera evitarte el dolor que ya estaba escrito, guardé los papeles, las llaves, las dudas y la cobardía en la misma maleta, cerré la puerta del armario y por un momento me quedé ahí, quieto, viéndote dormir de lado, con la pierna colgando del borde de la cama, como siempre hacías, con el brazo buscando algo en sueños, y por un segundo, solo por uno, pensé en volver a deshacer todo, en fingir que nada estaba pasando, pero ya era tarde y tú lo sabías
Me senté al borde de la cama y miré tus pestañas moverse como si supieras que estaba a punto de irme, acerqué la mano pero no te toqué, no porque no quisiera, sino porque sabía que si te tocaba, no me iba, y ya había cruzado esa línea en mi cabeza desde hacía semanas, el adiós ya me venía apretando el pecho desde hace días, tú lo notaste en cómo hablaba, en cómo no te miraba cuando reías, en cómo tardaba más en responderte y menos en quedarme
Fui hasta la cocina porque necesitaba hacer tiempo, no por arrepentimiento, sino porque no quería que el vacío cayera de golpe, puse agua a hervir sin sentido, vi el vapor subir y me aferré a la idea absurda de que un café más podía aligerar esta despedida que no iba a decirse en voz alta, entonces escuché tus pasos, tu voz aún con sueño, preguntándome qué hacía despierto tan temprano, y solo te respondí que tenía que salir, que no era nada
Pero te sentaste frente a mí sin decir más, con esa cara que se parece tanto al amor que dolía mirarte, me ofreciste una taza y yo acepté, no porque quisiera café, sino porque no quería irme todavía, no porque tuviera dudas, sino porque no estaba listo para el frío que vendría después
Tomamos ese café como dos que saben que se termina pero no quieren ser los primeros en pararse, hablamos de cosas sin peso, de cosas pequeñas, de una fuga en la ducha, de la gata de la vecina, de cualquier cosa que no se pareciera a nosotros, porque nombrarnos era invocar el final
Y cuando el reloj marcó una hora que ya no podía ignorar, me levanté con el alma hecha polvo, noté como me miraste con esos ojos donde una vez quise quedarme a vivir, y te juro que dolió más que cualquier pelea, que cualquier grito o portazo, que sabías que pedir que me quedara no iba a cambiar nada
Te di las gracias por el café como si eso pudiera cubrir todo lo que estaba rompiendo, me acerqué a la puerta, tomé el picaporte, y ahí, con la espalda hacia ti, con el pecho al borde de quebrarse, quería irme, pero no lo quería. Era una lucha interna.”
No porque creyera que las cosas iban a cambiar, no porque esperara que algo sanara de pronto, sino porque todavía no estaba listo para no tenerte, porque necesitaba unos minutos más antes de que el adiós me partiera entero, porque a veces el amor no basta pero igual se resiste. Escuché que dijiste algo en voz baja, voltee y te miré.
D: “¿Dijiste algo?”