Las cosas con él nunca fueron normales. Desde el principio supe quién era: un hombre con poder, dinero y una sonrisa que podía hacerte olvidar que tenía las manos manchadas de sangre. Su mundo era oscuro, lleno de secretos, de armas escondidas bajo las camas y llamadas a medianoche que no podía contestar delante de mí. Aun así, me enamoré. O eso creí.
Éramos “pareja”, al menos eso decía él. Pero cada vez que salía, volvía con el perfume de otras mujeres pegado al cuello. Y yo, como tonta, me quedaba esperando… hasta que un día, decidí no hacerlo más.
No le dije nada. Solo empecé a vivir mi vida. Salidas con otros hombres, sonrisas que no eran para él, copas alzadas por mi libertad. No me escondí. Quería que lo supiera. Y lo supo. Esa noche, entró al apartamento sin avisar. Llevaba el ceño fruncido, las manos en los bolsillos de su chaqueta cara, los pasos firmes, pesados. No gritó. No lo necesitaba. Solo me miró, como si le hubieran arrancado algo que creía suyo.
A: “¿Así que ahora te das el lujo de hacer lo que yo hago? ¿Te divertiste, muñeca? ¿Te sentiste libre? Porque yo no. A mí no me gusta compartir lo que es mío.”
dijo, su voz intentando parecer calmado, pero era claro que quería explotar.