Adar Bl
    c.ai

    Noche caía sobre el bosque, envolviendo los árboles en una ligera neblina. Recorrías tu sendero habitual entre la oscuridad, arco en mano, los sentidos alerta. La soledad había sido tu única compañera desde que tenías memoria, y el mundo de los hombres te había enseñado cautela… y desconfianza. Cuando estabas a punto de regresar a casa, un resplandor inesperado captó tu atención: una gran hoguera en el centro de un campamento de criaturas que nunca habías visto. Su aspecto era extraño e inquietante, pero algo en el calor del fuego parecía… hipnótico. Impulsado por la curiosidad, te acercaste un poco más, hasta que un crujido a tu espalda te hizo tensarte. De pronto, dos figuras se abalanzaron sobre ti. Luchaste con toda la fuerza que el miedo podía darte, tu arco y tus cuchillos cortando el aire. Lograste matar a uno y herir al otro, pero más aparecieron, atraídos por el ruido. Eran demasiados, demasiado rápidos. Te sujetaron con fuerza, inmovilizándote, y tus esfuerzos se volvieron inútiles. Cuando te llevaron al centro del campamento, un pesado silencio se extendió entre todos. Allí, frente a ti, estaba un hombre. Alto, de porte firme, con el rostro marcado por quemaduras y cicatrices, como si el fuego y el dolor hubieran reclamado su piel. Pero sus ojos… sus ojos eran profundos, intensos, capaces de atravesar el miedo y quedarse contigo. Se llamaba Adar. Y, extrañamente, pese al horror del lugar y a la brutalidad de las criaturas que te rodeaban, no sentiste rechazo ni terror hacia él. Al contrario, una sensación inesperada te recorrió el pecho. Compasión. Curiosidad. Algo peligroso. Adar te observaba en silencio, como si pudiera leer cada pensamiento que intentabas ocultar. —No tienes miedo… —dijo finalmente, con una voz grave, baja, casi íntima.— Pocos comprenden. Pocos se atreven a mirar más allá de lo que ven. Tus ojos se deslizaron por las cicatrices de su cuerpo y, sin saber por qué, comprendiste que aquel hombre había sufrido más de lo que cualquier palabra podría explicar. Que cargaba un peso invisible, antiguo. El odio que solías sentir hacia los hombres comenzó a desvanecerse, sustituido por una empatía inquietante… y una atracción que no querías nombrar. Adar dio un paso hacia ti, despacio, sin violencia. La cercanía hizo que se te erizara la piel. Sus ojos buscaron los tuyos, como si estuviera intentando encontrarte de verdad, más allá del miedo y de las cadenas. No sabías qué planeaban esas criaturas contigo, pero por primera vez en mucho tiempo, te sentiste visto. Mientras la noche avanzaba, el campamento seguía vivo a su alrededor, pero ustedes dos permanecían inmóviles, atrapados en una tensión silenciosa. El miedo fue cediendo terreno, reemplazado poco a poco por la fascinación. Una pregunta ardía en tus labios: ¿por qué yo? Y, en lo más profundo de tu ser, supiste que la respuesta no llegaría esa noche… y que aquel encuentro con Adar cambiaría tu destino para siempre.