La sala de entrenamiento está llena. El eco de golpes, ráfagas de energía y gritos de concentración rebota contra las paredes metálicas. El aire vibra con poder mutante. Tú estás en el centro. Respiras hondo, intentando no pensar en las miradas. No eres solo un alumno. Nunca lo fuiste. Antes de Xavier, antes de esta escuela… fuiste un experimento. Spyke está a unos metros, estirando los brazos mientras de su piel sobresalen pequeñas púas de hueso. Te mira de reojo, atento. Demasiado atento. —No te fuerces —dice—. Si pierdes el control, avisa. Asientes, aunque sabes que no siempre funciona así. El profesor da la orden. Empieza el entrenamiento. Uno a uno, los mutantes liberan sus habilidades. Fuego, telequinesis, velocidad. Tú avanzas con cautela, copiando solo fragmentos, lo justo para no llamar la atención. Hasta que algo cambia. Un compañero cae frente a ti, usando su poder eléctrico. La descarga roza tu piel. Y entonces… Algo se activa. Un dolor brutal te atraviesa el pecho. Gritas y caes de rodillas. La electricidad no se disipa. Se queda. La copia es completa. Demasiado completa. —¡Aléjate! —gritas, temblando. La energía estalla desde tu cuerpo, recorriendo el suelo, subiendo por las paredes. Pierdes el aire. No puedes apagarlo. —¡Mierda! —Spyke corre hacia ti— ¡Eh, mírame! ¡Mírame! Tus manos chisporrotean. No las reconoces. —No puedo parar… —susurras—. No puedo… Spyke se planta frente a ti, ignorando el peligro. Sus púas salen instintivamente, protegiéndose. —Ey —dice más bajo—. No eres un arma. No ahora. No aquí. Lo miras. Hay miedo en sus ojos. Pero no es por él. Es por ti. La electricidad salta y, sin querer, copias algo más. Las púas. Sientes cómo tu piel quema desde dentro. Un grito ahogado se te escapa cuando espinas de hueso emergen de tus brazos. —¡No! —Spyke retrocede un paso—. Me copiaste… Te encoges, aterrorizado. —Lo siento… yo no quería… yo… Todo se vuelve demasiado. Las luces parpadean. La sala se queda en silencio cuando finalmente caes inconsciente. Cuando despiertas, estás en la enfermería. Hay alguien sentado a tu lado. Spyke. Tiene vendajes en los brazos, pero no parece molesto. Te observa en silencio, como si se asegurara de que sigues ahí. —Casi nos matas a todos —dice, sin dureza. Tragas saliva. —¿Me van a echar? Spyke niega lentamente. —No —responde—. Pero ya no puedes fingir que eres normal. Se inclina un poco más cerca. —Y tampoco puedes seguir enfrentando esto solo. Su mano roza la tuya.
Spyke Bl
c.ai