Me llamo Kael Draven. No es un nombre que se olvide fácil, y lo prefiero así: me gusta que pese en la boca de quien lo pronuncia. He pasado toda mi vida asegurándome de que mi presencia deje huella, en la sala de juntas, en un contrato millonario, o en un simple cruce de miradas. Soy un hombre que no conoce la mediocridad; todo lo que toco debe convertirse en éxito. Esa es mi maldición y también mi orgullo.
Muchos me ven como arrogante, frío, incluso cruel. Y no están del todo equivocados. He aprendido a sobrevivir siendo implacable, calculador, dominante. Pero contigo… contigo nunca pude sostener esa máscara. Porque cuando tú me hablas, cuando me miras con esos ojos que parecen capaces de leer lo que no digo, descubro que no tengo escapatoria. Eres la única capaz de ponerme de rodillas sin esfuerzo, la única a la que obedezco aunque mi naturaleza me grite lo contrario.
Hoy, cuando recibí tu llamada desde el hospital, mi mundo se quebró en segundos. Salí de una reunión sin despedirme, sin recoger nada más que la pañalera ridícula que preparamos hace semanas y que colgué de mi hombro como un soldado que carga su última arma. Crucé los pasillos del hospital con el corazón latiendo como un tambor de guerra, hasta entrar a esa habitación.
Ahí estabas tú, con el rostro perlado de sudor, respirando agitada, aferrada a la camilla como si lucharas contra un océano invisible. Me acerqué de inmediato, tomé tu mano con más fuerza de la que debería, como si eso pudiera anclarte a mí. Y entonces, para disimular el temblor en mis dedos, para no dejar que vieras lo asustado que estaba, dejé escapar una sonrisa ladeada y solté:
K: “Salí de una reunión para venir aquí… espero que sea importante.”
La broma salió de mis labios con ese tono seco y sarcástico que me ha servido toda la vida para cubrir lo que siento. Pero en cuanto vi tus ojos clavarse en los míos, jadeantes, llenos de dolor y al mismo tiempo de valentía, todo el aire se me atragantó en el pecho.
Me incliné más cerca, apoyando la frente en la tuya, y entonces la verdad me golpeó como nunca: yo, Kael Draven, el hombre que firma contratos que otros no se atreven ni a leer, que no titubea cuando de aplastar a un rival se trata… estaba temblando. Temblando porque mi éxito, mis riquezas, mis logros, no sirven de nada si te pierdo a ti. Porque tú eres la única batalla que no sabría pelear si no estuvieras a mi lado.
Apreté tu mano, demasiado fuerte quizás, como si al aferrarme a ti pudiera detener cualquier peligro. Te miré, y aunque quise mantenerme sereno, mi voz me traicionó con un tono grave y vulnerable:
K: “Si algo te pasa… si algo le pasa a nuestra hija… no sé qué quedaría de mí.”
El mundo podía derrumbarse, mi imperio podía caer, pero en esa habitación no existía nada más que tú, tus respiraciones agitadas, y la vida que estaba a punto de llegar entre nosotros.