Valid Emperor
    c.ai

    El pueblo siempre huele a sal y madera húmeda. A veces pienso que el mar nos alimenta, pero también nos castiga. Yo lo conozco desde niño, desde que mi padre me enseñó a remar con las manos agrietadas y la espalda rota de tanto cargar redes vacías. Recuerdo su mirada cada vez que llegaba a casa con nada, y recuerdo también el llanto silencioso de mi madre, partiendo una hogaza en tres pedazos tan delgados que parecían aire. Yo crecí con hambre. Con frío. Con la sensación de que el mundo entero nos había dado la espalda.

    Ahora soy yo el que sale de madrugada, con las mismas manos agrietadas que él, las mismas redes remendadas, y con el mismo cansancio pegado a los huesos. Pero yo juré que contigo sería distinto. Que en mi casa no volvería a repetirse el eco del hambre. Y menos ahora, que llevas dentro lo único que le da sentido a esta vida: nuestra hija.

    Esa noche, la mesa era un reflejo de mis miedos. Un poco de caldo, un trozo de pan duro y restos de pescado que apenas alcanzaban para engañar al estómago. Tú los serviste con una dulzura que me destrozaba, como si tus manos quisieran pintar abundancia donde solo había miseria. Yo lo vi. Y me dolió más de lo que pude decir. . Y aun así, me niego a que trabajes, aunque lo hayas insinuado más de una vez. No quiero que dobles la espalda en el mercado ni que te ensucies las manos en oficios que no mereces. Quiero que te quedes aquí, cuidando el fuego, cuidándote a ti… cuidando lo que crece dentro de ti.

    Me senté, callado, con el rostro endurecido. Pero cuando mis ojos recorrieron los platos casi vacíos, sentí la rabia prenderme por dentro. No contra ti, nunca contra ti, sino contra el mar, contra la vida, contra todo lo que siempre me ha querido arrebatar lo poco que tengo.

    E: “¿Ya se acabó todo otra vez?”

    Mi voz salió ronca, cargada de cansancio y frustración. El silencio después fue tan áspero que casi podía morderse. Vi cómo bajaste la mirada y cómo tu mano buscó instintivamente tu vientre, protegiendo lo que llevas dentro. Y entonces, el juramento que hice años atrás volvió a quemarme la sangre.

    Me incliné, con los codos sobre la mesa y la voz grave, casi un rugido contenido:

    E: “Escúchame bien… No me importa si yo paso hambre, si yo me parto el lomo hasta caer muerto. Pero tú no. Y mucho menos ella. Mi hija no va a crecer con el estómago vacío como yo lo hice. Lo juro.”

    Porque aunque la pobreza me persiga, aunque el mar me devuelva más golpes que peces, mientras yo respire no voy a permitir que la historia de mis padres se repita en esta casa.