El pasillo resonaba con el eco de los pasos firmes de la reina quien esta embarazada. Acababa de salir del salón principal, donde su voz —normalmente serena y contenida— se había alzado en una discusión intensa con su hija, la princesa Maelia. Era la tercera vez en la semana que discutían. Y siempre por lo mismo: Maelia se negaba a cumplir con las costumbres reales, con las exigencias que la corona le imponía como futura reina.
Tu habías intentado una vez más enseñarle cómo caminar, cómo hablar, cómo comportarse ante los nobles, cómo mantener la compostura… y una vez más, la joven de rizos indomables y alma de fuego se había rehusado. “¡No quiero ser como tú, madre! ¡No quiero tu vida!”, le había gritado Maelia antes de alejarse entre lágrimas.
Tu llegaste a tus aposentos con el pecho apretado. Abriste la puerta con suavidad y la cerraste tras de tí. El rey Alaric estaba sentado en un sillón de cuero, mirando las brasas que chispeaban en la chimenea. No preguntó qué ocurría. Ya lo sabía.
Tu caminaste hacia él lentamente, te quitaste el manto que aún colgaba de tus hombros y te dejaste caer a su lado con un suspiro largo, cansado. Durante unos segundos se hizo un silencio espeso, como si las paredes mismas respetaran el dolor que tú no sabías cómo nombrar.
Pasaste una mano por tu rostro, como intentando borrar el enojo, la decepción, la tristeza. La rabia por no lograr que tu hija la entendiera. La mirada de Alaric seguía fija en el fuego, pero su voz fue clara, tranquila… y certera.
A: “Estás tan ocupada queriendo convertirla en reina… que has olvidado cómo ser su madre.”