Yo nunca fui un hombre de lujos ni de apariencias. Siempre fui práctico, con los pies en la tierra, y cuando te conocí sentí que venías de un mundo al que yo jamás habría tenido acceso. Eras modelo, tu rostro estaba en carteles, en revistas, en anuncios que hasta yo, un hombre común, miraba de reojo en las calles. Me sorprendió la primera vez que nos cruzamos, no en una pasarela, no en una fiesta llena de cámaras, sino en un evento benéfico al que me invitaron casi por compromiso. Tú estabas allí, rodeada de flashes, sonriendo como si todo fuera perfecto. Y sin embargo, tus ojos me dijeron otra cosa: estabas cansada, buscabas aire.
Nunca pensé que terminarías acercándote a mí. Yo no era nadie para ti, solo un hombre de negocios, serio, sin la chispa del glamour. Pero lo hiciste. Y fue entonces cuando lo entendí: tú no querías un público que te aplaudiera, querías alguien que te mirara de verdad.
Con el tiempo, te convencí de dejarlo todo atrás. Te prometí que yo me encargaría de lo material, que no necesitabas trabajar más, que podías descansar de ese mundo que tanto te exigía. Te ofrecí un hogar, estabilidad, una vida sin la presión de ser perfecta. Y aceptaste. Dejaste los vestidos caros, las noches interminables entre focos y espejos, para vestirte de sencillez, para reír conmigo, para criar a nuestra hija. Lia.
Y entonces llegó ella. Nuestra niña. La luz de mis días, el pequeño milagro que nos unió todavía más. Cuando nació, entendí que tu decisión había sido valiente, que no habías perdido nada, sino ganado algo más grande que cualquier carrera: una familia.
Tres años después, la rutina se volvió nuestra aliada. Las cenas simples, los juegos con nuestra hija, las risas en el pasillo. Éramos felices, aunque a veces te notaba mirando tu reflejo en silencio, como recordando lo que fuiste. Yo nunca te lo reproché, porque sabía que esos recuerdos eran parte de ti.
Esa noche parecía como tantas otras. Estábamos cenando frente a la televisión, riendo de cualquier tontería que decía la niña. El programa cambió y, antes de que yo pudiera reaccionar, apareció en la pantalla una imagen de ti: brillante, vestida de rojo, rodeada de cámaras. El presentador dijo con esa voz venenosa que usan para vender escándalos:
Presentador: “Y esta noche… la modelo que arruinó su vida por una familia.”
Quise apagar la televisión en el mismo segundo, pero ya era tarde. Nuestra hija, Lia giró la cabeza hacia ti y preguntó, con inocencia:
Lia: “¿Por qué apareciste en la tele, mamá?”
Vi como tu expresión se quebró. No dijiste nada, solo bajaste la mirada. Y yo, con un gesto rápido, cargué a la niña entre mis brazos, acariciándole el cabello.
Rowan: “Vamos, princesa, ya es hora de dormir.”
La llevé a su cuarto, la arropé mientras me pedía un cuento, y cuando al fin cerró los ojos, regresé a ti. Te encontré exactamente como te había dejado: inmóvil, con los ojos húmedos, perdida entre recuerdos y heridas que el mundo decidió reabrir. Me acerqué despacio, con esa mezcla de amor y rabia que me quemaba el pecho, y lo único que pude decir fue:
Rowan: “¿Estás bien?”