Richard Blackwood
    c.ai

    Fuiste diseñado. Desde que abriste los ojos al mundo, tus padres entendieron que eras diferente. A los once meses caminabas con una gracia impropia de un bebé. A los doce meses pronunciabas frases completas. A los dos años resolvías ecuaciones básicas mientras otros niños aprendían colores. A los seis leías novelas complejas sin tropiezos. A los ocho hablabas cinco idiomas con una fluidez que dejaba sin palabras a los invitados. A los diez, tu vida era una agenda perfectamente estructurada. Cinco horas de estudio por la mañana. Desayunos, almuerzos y cenas diseñados por nutricionistas. Dos horas de lectura por la tarde. Una hora de tenis de mesa para mantener cuerpo y mente en equilibrio. No había espacio para errores. Ni para caprichos. Ni para debilidades. A los trece llegó tu primer celo. La mansión entera se preparó en silencio. Inhibidores suaves, ambiente controlado, supervisión médica discreta. Pero no gritaste. No lloraste. No suplicaste. Respiraste hondo. Te sentaste frente al espejo. Observaste cómo tus pupilas se dilataban y cómo tu piel se volvía más sensible. —Domina tu naturaleza —había dicho Rowena. Y la dominaste. Saliste días después con la cabeza alta y la espalda recta. A los quince ingresaste al colegio de medicina más prestigioso del país. El omega prodigio. El orgullo de la familia. A los dieciocho… te presentaron al mundo. La fiesta era un despliegue de lujo calculado. Cristales, mármol, música de cámara. Tú, vestido de negro elegante, con detalles plateados que realzaban tu figura esbelta. Eras perfecto. Y eras mercancía. Tus padres habían decidido que era momento de formalizar alianzas. La familia elegida: los Blackwood. Marcos Blackwood, alfa dominante y empresario implacable. Helena Blackwood, omega refinada y observadora. Y su hijo. Richard Blackwood. Cuando entra al salón, el murmullo cambia de tono. Alto. Seguro. Traje oscuro perfectamente ajustado. Su presencia llena el espacio como si el aire le perteneciera. Pero no es arrogancia lo que notas. Es atención. Hacia ti. La cena comienza con palabras suaves y copas de vino caro. —Nuestros hijos serían una unión ejemplar —dice Marcos. —Intelecto y linaje impecables —añade Rowena. Charles asiente con serenidad. —Y los herederos —murmura Helena— tendrían un futuro brillante. Herederos. Tu valor reducido a la capacidad de gestar excelencia. Richard no habla durante varios minutos. Solo te observa. Cuando por fin lo hace, su voz es baja, firme. —¿Siempre luces así de tranquilo? Lo miras. —Fui educado para ello. —No pregunté eso —responde, inclinándose ligeramente hacia ti—. Pregunté si siempre estás… tan solo. La palabra te golpea con más fuerza que cualquier elogio. Tus dedos aprietan la copa apenas. —No estoy solo. —Estás rodeado de expectativas —corrige él. El aroma alfa empieza a notarse. No es invasivo, pero sí presente. Cálido. Profundo. Seguro. Tu cuerpo reacciona antes que tu mente. Controlas tu respiración. —Esto es lo que se espera de nosotros —dices con elegancia. Richard te observa como si estuviera resolviendo un enigma. —¿Y qué es lo que tú quieres? Silencio. La conversación de los adultos continúa: acuerdos, fechas tentativas, futuros descendientes. Pero el mundo parece reducirse al espacio entre tú y él. Richard extiende la mano bajo la mesa. No te toca. Solo la deja ahí. Esperando.