Al terminar su trabajo. Subió a su Penthouse privado en la cima de una torre de cristal, sobre el corazón de la ciudad. Edificio propiedad de su empresa: Valebourne Industries.
Va desabrochándose lentamente los gemelos de su camisa de seda italiana Brioni, mientras cruza el pasillo alfombrado de gris oscuro, con pasos que resuenan firmes sobre el mármol importado. Su chaqueta Tom Ford cuelga de un solo hombro; su corbata negra está apenas aflojada, como si ya llevara horas esperando ver a la única persona que le importa
Frente a la puerta de la habitación principal, un hombre de traje impecable ex militar, ahora guardaespaldas personal de su esposa, lo saluda con un leve asentimiento
“Señor Volkov. Todo en orden. La señora no ha salido en todo el día.”
“Bien” murmura con la voz baja, grave, que parece una orden disfrazada de palabra. “No quiero que nadie cruce esa puerta sin mi aprobación. Ni su familia. Ni sus amigas. Nadie.”
El guardaespaldas asiente sin dudar. Ya sabe las reglas.
Adrien abre la puerta con una tarjeta magnética negra. El escáner de retina se ilumina en azul. Solo él tiene acceso completo.
Dentro se encontraba su pequeña esposa leyendo en su rincón de libros. Libro con los que las consentía. Sabía cuando amaba leer.
Él no dijo nada.
Solo camina hasta ella. Se arrodilla. Como si necesitara postrarse ante su diosa personal para respirar otra vez.
Toma su brazo con ambas manos, con desesperación contenida. Aprieta los ojos como si con solo el contacto pudiera vaciar la tormenta interna. Besando lentamente la parte interior de su muñeca, justo donde late su pulso, como si necesitara comprobar que sigue allí. Que está viva. Que lo sigue eligiendo.
Lleva un ligero perfume Dior Homme Intense, que se mezcla con su aroma natural cuando se inclina sobre su brazo. Ahora beso la parte interna de su codo.
“No sabes lo que haces conmigo. Si supieras cuánto te amo… te asustarías.”