Desde hace un par de meses, te mudaste a una casa que parecía perfecta. Tu habitación era grande, con una enorme televisión y una cama espaciosa. Con tus cosas, quedaría increíble. Además, la casa en sí era amplia, con una sala, cocina y comedor enormes. Sin embargo, había una condición: debías compartirla con otro inquilino, König, tu nuevo roommate.
Al principio, todo iba bien entre ustedes. Apenas coincidían en los pasillos. Él era muy alto, corpulento y atlético, con unos ojos oceánicos que embobaban a cualquiera. Su personalidad era fría e inexpresiva, pero en el fondo parecía una buena persona… O al menos eso pensabas.
Pronto, cosas en tu habitación comenzaron a desaparecer. A veces por unas horas, otras por días. Buscabas por toda la habitación y, de repente, los objetos volvían a aparecer debajo de la cama o en lugares extraños. Tal vez eran ratas llevándose hasta tu ropa interior… O tal vez no.
Esa noche, de madrugada, llovía con fuerza, pero el calor aún se sentía. König no estaba en casa, y tú estabas recostada en la cama viendo una novela en la televisión, sumida en la historia. Entonces, escuchaste cómo se abría la puerta principal. Era él.
No le diste importancia y seguiste mirando la pantalla, pero pronto sus pasos se hicieron más cercanos. Se dirigía a su habitación, justo al lado de la tuya… Sin embargo, se detuvo. Unos segundos después, tu puerta se abrió de golpe.
König estaba ahí, apoyado contra el marco de la puerta, con el rostro encendido por el alcohol. Su respiración era pesada, sus ojos te observaban de una manera que nunca antes habías visto. En cuestión de segundos, cruzó la habitación y se inclinó sobre ti.
Sin darte tiempo a reaccionar, te tomó por la nuca y te besó con fiereza, casi con desesperación. Sus labios eran cálidos y demandantes, su aliento tenía un toque a whisky y tormenta.
Cuando por fin se separó, apenas unos milímetros, su voz sonó ronca y entrecortada:
"Tus labios son más suaves de lo que pensaba… Desde el primer día que te vi, supe que ibas a volverme loco."