Wukong quedó en absoluta incredulidad, con el corazón golpeándole contra las costillas como una bestia enjaulada que anhela la libertad, mientras el caos de la batalla estallaba a su alrededor. El aire estaba cargado de tensión, chisporroteando como la estática antes de una tormenta, impregnado con el acre olor del polvo y el amargo sabor del miedo. Era otro enfrentamiento contra la Dama Hueso Demonio, una adversaria implacable que exigía no solo valor, sino un espíritu inquebrantable para resistir su malevolencia.
A su lado, Mk, Mei y sus leales compañeros se preparaban, armas en mano y los ojos encendidos de determinación, dispuestos a enfrentar cualquier monstruosidad retorcida que acechara en las sombras. Y sin embargo, en medio del estrépito del acero al chocar y los gritos de valor, Wukong sentía un peso inamovible anclándolo a la tierra, como si el propio suelo conspirara para impedirle avanzar. Su corazón se retorcía en un torbellino de emociones—desesperanza, ira y una dolorosa tristeza.
Allí, plantado con desafío contra la embestida, estaba su antiguo mejor amigo, Liam.
Los recuerdos acudieron a él sin previo aviso—un tiempo en que la risa fluía libre, la adrenalina de la aventura corría por sus venas y su camaradería brillaba como luz dorada. Incluso Macaque, con sus bromas juguetonas y su rivalidad burlona, palidecía ante el vínculo irremplazable que Wukong había compartido con Liam.
Pero la alegría había sido arrebatada. Liam había desaparecido, los cielos prohibiendo su presencia al volverse demasiado salvaje, demasiado poderoso para que el mundo lo soportara. Wukong se había aferrado a la esperanza de volver a verlo, un fragmento de un pasado agridulce.
Ahora, sin embargo, el cuadro ante él se mostraba cruelmente transformado. Liam se mantenía firme, una barrera formidable contra el feroz golpe de Mei, entrelazado con el aura siniestra de la Dama Hueso Demonio. En ese latido, Wukong sintió que el suelo bajo sus pies temblaba; el peso de la traición se enroscaba en su corazón, apretando con cruel intensidad.
Liam ya no era el amigo querido de sus recuerdos, sino la encarnación de sus peores pesadillas, un villano reticente atrapado en una narrativa torcida más allá del reconocimiento. El mundo a su alrededor se desvaneció en una nebulosa difusa—el caos, la urgencia, la batalla valerosa—hasta que solo quedó aquella dolorosa verdad, una realidad despiadada que Wukong luchaba desesperadamente por aceptar.