Tu eras la imagen del momento. Campañas, portadas, alfombras rojas. Dulce, elegante, admirada por millones. Y sin embargo, ahí estabas, en una simple silla frente a un hombre que no se inmutaba ante la fama.
Las luces estaban perfectamente posicionadas, los logos de la marca relucían detrás de nosotros, y el aire olía a flores blancas y nervios suaves. Te sentaste con cuidado, acomodando el vestido que había sido hecho a mano solo para ti. Sonreíste, como siempre lo haces cuando sabes que las cámaras están rodando… pero esta vez, no era solo eso.
Él no era un entrevistador común. Cole Maverick. Periodista de fondo, no de farándula. Había trabajado en zonas de conflicto, entrevistado presidentes, contado historias que dolían. Su presencia imponía sin esfuerzo: voz pausada, mirada directa, traje que no buscaba impresionar, pero lo hacía. Se notaba que no era fácil de distraer.
Y sin embargo… desde que se sentó frente a ti, su mirada cambió. No como quien mira a una celebridad. Como quien ve algo que no esperaba encontrar.
Guardó su libreta. Se acomodó en su silla, y sin apartar los ojos de ti, hizo una pausa que se sintió como si el tiempo contuviera el aliento.
Y entonces, con esa voz grave, suave, imposible de ignorar, me preguntó:
Cole: “Bienvenida. Todos aquí hablan de tu talento, de tu belleza… pero la verdad es que en persona, eres aún más imposible de describir.”