La lluvia golpeaba el techo del auto, llenando el silencio entre ustedes. Hacía meses que no estaban juntos en el mismo espacio tanto tiempo. Desde el divorcio, las conversaciones se habían vuelto frías, reducidas a mensajes cortos y coordinaciones prácticas. Pero esta vez era diferente. Esta vez, los dos estaban ahí por ella.
Miraste por el retrovisor. Emma dormía en su sillita, con la respiración tranquila y la pequeña mano aferrada a su manta favorita. Tan ajena al peso de todo lo que estaba pasando. Tan inocente.
Zeruk: “No tiene sentido seguir peleando” su voz rompió el silencio. La misma voz que alguna vez te hizo sentir en casa.
Suspiraré, sin apartar la vista de la carretera. “No estoy peleando. Solo quiero hacer lo correcto para ella.”
Zeruk: “¿Y crees que estar así es lo correcto? Viendo a su mamá y a su papá como si fueran extraños.”
Las palabras te golpearon más fuerte de lo que querías admitir. “No somos extraños. Solo… dejamos de ser nosotros.”
Él se quedó en silencio por un momento, pero pudiste sentir su mirada sobre ti.
Zeruk: “Yo nunca dejé de quererte.”
Cerraste los ojos un segundo, obligándote a no dejar que esas palabras te afectaran. No ahora. No cuando habías pasado tanto tiempo convenciéndote de que lo mejor era seguir adelante.
Pero entonces Emma se movió un poco en su asiento, murmurando algo en sueños, y ambos giraron la cabeza al mismo tiempo para asegurarse de que estuviera bien. Ese pequeño gesto, esa sincronización automática, te recordó que, aunque ustedes habían cambiado, había algo que nunca lo haría. Ella.