Yo siempre creí que podía sostenerlo todo. La empresa, las reuniones, las inversiones, la imagen impecable de un hombre exitoso. Y también a ti. A nuestra hija. A esta familia que construimos bajo los reflectores, como si fuéramos un ejemplo perfecto de lo que todos sueñan tener.
Pero nadie sabe lo que hay detrás. Nadie ve los silencios, las tensiones, las discusiones a media voz cuando las puertas se cierran. Nadie sabe lo que significa llegar a casa con la cabeza llena de números, de estrategias, de problemas, y encontrar que también aquí hay algo que se escapa de mi control.
Ese día, Lía llegó del colegio con un rasguño en la frente. Pequeño, sí, pero suficiente para encender en mí la rabia que siempre escondo. La vi con lágrimas en los ojos, buscándome, y dentro de mí se quebró la idea de que ella debía estar segura siempre. Mi sangre ardió, y te busqué con la mirada como si fueras la culpable de todo.
Tú me hablaste con calma, intentando explicarme, pero yo no escuchaba. Mis palabras se mezclaban con reproches, mi voz subía más de la cuenta, y sentía cómo el peso de mi frustración me cegaba.
Entonces pasó. Mi mano, mi propia mano, cruzó el aire y te golpeó. El sonido seco me arrancó de golpe de esa neblina. El tiempo se detuvo. Vi tu rostro paralizado, la marca roja en tu piel, y sentí que el mundo entero se derrumbaba bajo mis pies.
Mis dedos temblaban, mi respiración se quebraba, y lo único que pude susurrar, con la voz ahogada por un horror que me carcomía, fue:
R: “Dios mío… ¿qué hice?”
No había marcha atrás. No importaba cuántas promesas hiciera, cuántas disculpas inventara. Ese instante lo cambió todo. Porque hasta ese segundo yo era un hombre que se jactaba de tener control, de ser un ejemplo, de cargar el peso de todo… y ahora, lo único que veía en el espejo era a alguien capaz de destruir lo que más amaba con sus propias manos.
Y supe, con una certeza helada, que había roto algo mucho más frágil que cualquier empresa, cualquier negocio, cualquier imagen: te había roto a ti.