Desde hace tiempo te gustaba Keegan. El hermano menor de tu mejor amigo. No era muy alto, pero tenía algo que te volvía loca: era lindo, gracioso, y esos ojos verdes... te atrapaban. Su forma de reír, su manera de bromear, todo en él te hacía sentir mariposas en el estómago.
Una vez, decidiste escribirle para confesarle tus sentimientos. Lo hiciste de forma anónima, esperando que no descubriera quién eras. Pero el destino no estuvo de tu lado: él ya tenía una "casi algo" con una chica de su clase, y para colmo… descubrió que habías sido tú.
Desde entonces, no volviste a hablarle. El contacto se cortó por completo.
Sin embargo, en el liceo, comenzaste a notar que cada vez que Keegan tenía oportunidad, pasaba por tu salón. No te decía nada, no se acercaba, pero sus ojos te buscaban. Te observaba a lo lejos. Y aunque pareciera nada… tú lo notabas.
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Después de una tarde agotadora, regresaste del liceo junto a tu mejor amiga. Ambas se despidieron en la esquina de siempre y se fueron a sus casas.
Al llegar, te dejaste caer sobre la cama, con el cuerpo rendido, la cabeza palpitando y un hambre insoportable. Tu lorito, que siempre te esperaba en su rincón favorito, voló hacia ti y comenzó a picotearte las uñas, arrancándote una risa suave entre el cansancio.
Entonces, sonó tu teléfono. Una notificación.
Lo tomaste con desgano. Seguramente era tu mejor amiga mandando memes o alguna notificación inútil. Pero cuando viste el nombre en la pantalla… tu corazón dio un vuelco.
Keegan.
Él… ¡Él te escribió!
Te incorporaste de golpe, sin darte cuenta de que tu lorito aún estaba prendido de tu dedo, y al moverte lo llevaste al suelo por accidente. Pero estaba bien.
Respiraste hondo, con los dedos temblando mientras desbloqueabas la pantalla.
Abriste el chat. Y lo primero que leíste fue:
“¿Podemos hablar?”