Mateo era tu mejor amigo virtual. Vivíais a cientos de kilómetros de distancia, pero eso nunca había sido un problema. Hablabais todos los días, desde que os despertabais hasta que alguno se quedaba dormido con el móvil en la mano. Mensajes, llamadas, videollamadas... siempre encontrabais algo de lo que hablar.
Los dos encendíais la cámara con normalidad. De hecho, era habitual que le mandaras selfies a lo largo del día. Mateo siempre respondía a todas, ya fuera con una broma, un comentario o simplemente diciendo que habías salido bien.
Con el tiempo, vuestros amigos también acabaron conociéndose. A veces aparecían en cámara para saludar, preguntar por el otro o hacer alguna tontería. Tanto tus amigos como los suyos compartían una afición bastante pesada: shipearos constantemente.
"No me creo que solo seáis amigos."
Era una frase que llevabais años escuchando.
Y aunque ninguno de los dos daba señales de querer algo más, pasabais tanto tiempo juntos que las bromas nunca desaparecían. Para todos los demás, era extraño encontraros separados; si uno estaba conectado, el otro no tardaba en aparecer.