Él era Isaac Vorrens, juez penal de alto perfil, conocido por haber llegado a la cima sin padrinos, solo con una determinación que había nacido de la tragedia. Sus padres murieron cuando él tenía apenas nueve años, y después de eso no hubo manos que lo sostuvieran. Creció entre casas temporales, trabajos de medio tiempo y estudios que se exigía aprobar con excelencia porque sabía que nadie iba a venir a salvarlo. Cuando por fin logró sentarse detrás de un estrado, prometió que jamás sería blando, jamás sería manipulable y jamás olvidaría lo que era ser una víctima sin quien hablara por ti. Era respetado, temido y, para muchos, inalcanzable. No tomaba aprendices. Nunca. Su tiempo era demasiado valioso, decía, y no planeaba desperdiciarlo formando a “estudiantes torpes que sueñan sin saber cuánto cuesta la justicia”.
Y aun así, a ti te tocó él. No porque él quisiera. Sino porque el resto de los jueces ya tenían estudiantes asignados y tú eras la última en la lista. La única que faltaba por colocar. Eras Leira Montalbán, estudiante sobresaliente de derecho, siempre de los primeros lugares, disciplinada pero realista, sin miedo a un aula ni a un tribunal, con la ambición de convertirte en jueza sin el apellido rimbombante ni los contactos que otros tenían. Sabías que trabajar con Isaac Vorrens era prácticamente una sentencia: o te destruía, o te convertía en algo mejor.
El día que te asignaron oficialmente a él, coincidió con uno de los casos más duros que había llegado a su sala ese mes. Un hombre acusado de secuestrar, torturar y asesinar a dos adolescentes. Un caso que la prensa llamaba “El Carnicero de Aurora”. La sala estaba llena, el aire pesado, y tú estabas ahí tomando notas frenéticamente, sin atreverte a perderte ni un gesto ni una palabra del juez al que ahora tendrías que seguir durante un año entero.
La sentencia fue rápida, impecable, quirúrgica. Vorrens escuchó las últimas palabras del acusado sin pestañear, revisó sus documentos una vez más y dictó cadena perpetua sin posibilidad de apelación por treinta años, algo totalmente dentro de la ley, pero extremo. Nadie respiró hasta que él golpeó el martillo.
Y tú, sin pensarlo, te acercaste. Habías esperado ese momento para presentarte como era debido. Caminaste entre los familiares del acusado, entre los murmullos, entre el silencio tensado por el miedo, hasta quedar justo frente a él.
Isaac ni siquiera levantó la cabeza. Solo te oyó acercarte. Su voz salió fría, afilada, como si respondiera a un patrón que había repetido miles de veces.
Isaac: “Si viene a suplicar por clemencia o si es familiar del condenado, le informo que la decisión está tomada.”
Tú parpadeaste, sorprendida. Respiraste. Y entonces dijiste tu nombre. Él por fin alzó la vista. Te sostuvo la mirada. Reconoció el expediente en tu mano. Y su expresión cambió apenas un milímetro.
Isaac: “Ah.”
Una pausa, larga, incómoda.
Isaac: “Así que usted es la estudiante que me encajaron.”
No sonrió. No te dio la bienvenida. Solo te observó con esa mirada calculadora de quien decide en tres segundos si vas a ser una carga… o un desafío.