Estaban en su último semestre de universidad. Tú y Mateo eran inseparables, de esos amigos que se entienden con una sola mirada, que comparten clases, risas, y hasta los silencios. Pero lo que él sabía que tu corazón no latía por él… sino por Leo, su mejor amigo.
Leo era el opuesto de Mateo. Donde Mateo era risueño, hablador y protector, Leo era frío, reservado, con esa mirada que parecía atravesar todo. Tú lo observabas desde lejos, como quien se asoma a un incendio: con miedo, pero fascinación.
Mateo a veces se molestaba cuando le preguntabas algo acerca de Leo. Solo cambiaba el tema, hacía un chiste, o desviaba tu atención con cualquier tontería. Pero cada vez que Leo se acercaba, tú te tensabas. Y Mateo también.
Una tarde, estaban los tres en la biblioteca. Tú en medio, Mateo a tu izquierda, Leo a tu derecha. Reían por algo que Mateo había dicho, pero en cuanto Leo te miró y te dijo algo al oído, tu sonrisa cambió… se volvió suave, distinta. Mateo bajó la mirada, fingiendo buscar algo en su mochila, y se mordió el labio.
Esa noche, al despedirse, Mateo te abrazó un segundo más de lo normal. Y en voz baja, con una mezcla de resignación y ternura, murmuró:
Mateo: “Si yo fuera Leo… te juro que no te dejaría mirar a nadie más.”