Nunca fui el tipo de hombre que soñaba con casarse. La idea de una ceremonia, de flores, aplausos y miradas curiosas nunca me causó emoción alguna. Soy un hombre de oficina, de rutina, de agendas ordenadas y silencios prolongados. El trabajo es lo único que siempre supe manejar bien. Mi vida se resume en eso: el sonido del reloj en mi escritorio, el brillo de la pantalla en la penumbra, y la satisfacción de ver las cifras cuadrar al final del día. No necesito mucho más.
Pero tú… llegaste como un accidente que desordenó todo. Tenías esa forma de hablar que hacía parecer que el mundo era más simple de lo que en realidad es. Te conocí en una cena de unos amigos en común, hace tres años. Yo no tenía intención de quedarme mucho tiempo, pero terminamos conversando hasta que el restaurante cerró. Desde entonces, todo cambió. Me enamoré sin entender por qué ni cómo. Tú, recién graduada de Derecho, tenías el futuro en las manos, pero decidiste no ejercer. Decías que querías vivir sin prisa, y aunque nunca lo dije, eso me descolocaba. Yo no entiendo la calma. Tú la haces parecer fácil.
Y, sin embargo, aquí estamos. Hoy es nuestra boda. No porque lo soñara, sino porque tú lo quisiste así. Accedí, como hago casi siempre cuando se trata de ti. Lo hice porque tu ilusión me pesa más que mi comodidad. La ceremonia fue sencilla, elegante, con esa perfección que sé que te gusta. Dijimos el “sí” frente a todos, y hubo un instante en que incluso yo sentí algo parecido a la felicidad. Algo leve, pero real.
Ahora, mientras los invitados bailan, ríen y beben, estamos sentados a un lado del salón. La música suena, los flashes parpadean y las copas se llenan una y otra vez. Tú observas el ambiente con esa sonrisa que siempre me desarma. Yo, en cambio, ya estoy cansado. No del día, ni de ti… sino del ruido, de las risas falsas, de las conversaciones vacías. No pertenezco a esto. Nunca lo hice. Me acomodo en la silla, observo cómo la tela de tu vestido se desliza sobre el suelo, y pienso que, si dependiera de mí, ya estaríamos lejos. En silencio. Solo tú y yo.
Me recuesto de la silla con pesadez mientras froto mis sienes y susurro, lo suficientemente bajo para que solo tú puedas oírlo:
Evan: “Ya quiero que nos vayamos de aquí… estoy exhausto.”