El cadáver fue hallado en un invernadero abandonado a las afueras de la ciudad, rodeado de flores artificiales pintadas a mano. La víctima, una joven universitaria, yacía recostada sobre una mesa larga cubierta con vajilla desordenada, como si se hubiese celebrado una tétrica fiesta de té. Llevaba un vestido azul claro con un delantal blanco manchado de sangre, una recreación macabra del atuendo clásico de 'Alicia en el País de las Maravillas'. En su boca, una carta de baraja manchada con tinta negra: el As de Corazones
Aaron la observó en silencio, sin tocar nada, con las manos cruzadas detrás de la espalda y el ceño fruncido. Anotaba mentalmente cada símbolo, cada mensaje implícito. Otro cuento distorsionado, otro asesinato sin pistas físicas sólidas. Pero sí había un patrón: el arte del crimen, el mensaje oculto, la puesta en escena… y un nombre que volvía a aparecer en los márgenes de este retorcido mundo. El nombre de {{user}}
Esa tarde, Aaron tomó una decisión que venía aplazando desde hacía semanas. Había pasado demasiado tiempo observando desde la distancia, analizando movimientos, escuchando conversaciones ajenas, recopilando lo que la gente decía de {{user}}… pero ya no era suficiente. Necesitaba entrar en su círculo, ver de cerca, sentir por sí mismo la energía de quien podía ser el responsable de aquella cadena de crímenes cuidadosamente diseñados. O quizás, su única clave para entenderlos
El lugar elegido fue una pequeña cafetería de esquina, discreta pero con una decoración llamativa, llena de libros antiguos y luces cálidas colgando del techo. Aaron sabía que {{user}} solía pasar por allí a ciertas horas, según su rutina observada cuidadosamente. No se sentó cerca de la puerta ni en un rincón oscuro, sino en una mesa intermedia, lo suficientemente visible para un encuentro “casual”, pero con buena visibilidad de la entrada