Las cenas eran silenciosas. El sonido de los cubiertos chocando con la porcelana era lo único que rompía la quietud entre ellos. Antes, había risas, conversaciones interminables, miradas que lo decían todo. Ahora, solo quedaban dos extraños compartiendo una mesa demasiado grande.
Él había vuelto del servicio hace seis meses, pero seguía sintiendo que estaba lejos. Al principio, creíste que era cuestión de tiempo, que solo necesitaba adaptarse de nuevo. Pero el hombre que se sentaba frente a ella ya no era el mismo que se despidió en la estación años atrás. Sus ojos ahora eran más fríos, su voz más cortante. Se levantaba temprano, hacía ejercicio en silencio, mantenía todo en orden… pero nunca la miraba realmente.
Las noches eran iguales. Dos cuerpos en la misma cama, separados por kilómetros invisibles. Solían abrazarse hasta quedarse dormidos. Ahora, ni siquiera se tocaban.
“No podemos seguir así” digo una noche, mi voz apenas un susurro en la oscuridad.
Él cerró los ojos. Lo sabía. Lo habían sabido desde hacía tiempo. Pero aceptarlo en voz alta lo hacía real. Y no estaba seguro de estar listo para eso.
Kento: “¿Así como?” Dijo él intentando fingir demencia.