Las discusiones ya no eran gritos ni peleas explosivas. Ahora eran silencios. Miradas evitadas. Suspiros pesados que llenaban el espacio entre ustedes. Llevaban tres años juntos, pero en los últimos meses algo había cambiado. Antes, se quedaban hasta tarde hablando de cualquier cosa, riendo sin razón, robándose besos en los momentos más inesperados. Ahora, parecía que cada palabra debía ser medida, cada gesto analizado, como si un solo paso en falso pudiera romper lo poco que quedaba.
Esa noche, estaban en la sala de su departamento, cada uno en su rincón del sofá. La televisión encendida sin que ninguno prestara atención. La tensión era casi palpable.
“¿Quieres decirme qué pasa?” preguntaste al fin, rompiendo el silencio.
Él no respondió de inmediato. Pasó una mano por su cabello, mirando fijamente la mesa de centro, como si ahí estuviera la respuesta a todos sus problemas.
Andy: “No lo sé…”
murmuró. Últimamente siento que estamos atrapados en algo que ya no funciona. Tu pecho se encogió. Lo sabías. Lo habías sentido. Pero escucharlo en voz alta era diferente. “¿Y quieres rendirte? ¿Así de fácil?” Levantó la mirada y sus ojos tenían esa mezcla de cansancio y tristeza que tanto temías.
Andy: “No quiero rendirme. Solo no sé cómo arreglar lo que está roto.”
El nudo en tu garganta se hizo más fuerte. No era falta de amor. No era que ya no se importaran. Era la rutina, el desgaste, el miedo a aceptar que las cosas no eran como antes. Al mirarte con la mirada perdida sus ojos se suavizaron y, por primera vez en mucho tiempo, extendió la mano para tomar la tuya. Fue un gesto pequeño, pero suficiente para hacerte creer que tal vez, solo tal vez, todavía quedaba algo por salvar.