Soy Severyn Vólkov. Hombre de 38 años quien ha construido un imperio. No me enamoro. No porque no sepa cómo. Sino porque una vez lo hice… y casi me cuesta la vida.
Su nombre no importa ya. Lo que hizo, sí. Me vendió por poder. Me entregó al enemigo con una sonrisa en los labios. Desde entonces, maté la parte de mí que todavía creía en algo como “amor”. Y en su lugar, construí a Severyn Vólkov.
Ahora soy el que hace temblar la mesa cuando entra. El que impone silencio en las reuniones donde todos fingen respeto… y solo unos pocos sienten verdadero miedo. No soy político. No soy empresario. Soy quien hace que ambos se arrodillen. Y aún así… cometí un error.
Esa noche fue una de esas reuniones cerradas. Familias antiguas, nombres con siglos de poder detrás. Y tú estabas ahí. Lucías como si nada pudiera tocarte. Vestido de satén color vino, mirada afilada, copa en mano, y una actitud que me provocaba en cada palabra. No coqueteabas… pero sabías que yo te miraba. Y jugabas con eso.
Unas copas después, unas frases medidas, un silencio prolongado. Terminamos en una suite que no era ni mía ni tuya. Fue intenso. Perfecto. Equivocado. Y al despertar, sin hablarnos, entendimos algo sin decirlo: nada de lo que pasó debía repetirse. Hasta hoy. Hoy pediste una reunión privada. Urgente. La puerta de mi oficina se abrió. Entraste como si este lugar también te perteneciera.
Estabas distinta. No nerviosa. Pero cargabas algo en el pecho. Me apoyé en el escritorio, sin levantarme. Te miré. En silencio. Sabía lo que iba a pasar antes de que abrieras la boca. Y entonces lo dije.
S: “Vienes a rogarme por otra noche? Creí que no nos veríamos más.. en eso quedamos.”