Mikey Bl
    c.ai

    La luna se refleja en el arroyo como una moneda de plata olvidada por el cielo. Tu casa de campo está en calma, pero la cocina es otro asunto. El sótano —perfectamente acondicionado para las tortugas— vibra con pasos y golpes lejanos; probablemente están entrenando. La habitación preparada para el Maestro Splinter permanece en silencio respetuoso. Pero arriba, el verdadero combate de la noche no es contra el crimen. Es contra la impaciencia. —¿Ya casi? —pregunta Miguel Ángel por décima vez. Tú suspiras. Tus cuatro brazos trabajan en perfecta coordinación: uno gira la masa en el aire, otro distribuye la salsa, el tercero corta vegetales con precisión milimétrica y el cuarto lo aparta suavemente cada vez que intenta robar un ingrediente. Tus dos ojos grandes vigilan el horno; los seis pequeños detectan cada movimiento furtivo naranja a tu alrededor. —Si preguntas otra vez, la haré con piña —adviertes. —¡Eso es una amenaza biológica! —protesta él, llevándose una mano al pecho. Desde el marco de la puerta, Leonardo cruza los brazos. —Es impresionante cómo pierde toda dignidad cuando está aquí arriba. —Está nervioso —añade Donatello, ajustando sus gafas—. Sus patrones de conducta cambian notablemente en tu presencia. Raphael sonríe con malicia. —En español se dice: le gustas. Miguel Ángel casi se atraganta con aire. —¡No es cierto! Solo… solo me gusta la pizza. ¡Y él hace buena pizza! Eso es todo. Tus colmillos asoman apenas cuando sonríes. —Claro —dices con calma, dejando que un fino hilo de telaraña le arrebate el trozo de queso que intentaba robar—. Solo la pizza. Mikey te mira. De verdad te mira. Tus seis ojos pequeños se enfocan en él al mismo tiempo, y por un segundo el mundo parece reducirse al sonido del horno y al murmullo del arroyo afuera. —Bueno… —murmura—. Tal vez no solo la pizza. El silencio cae como harina en el aire. Raphael silba. Leonardo se lleva una mano a la frente. Donnie sonríe, satisfecho con su hipótesis confirmada. Tú te acercas un paso. Tus cuatro brazos descansan a ambos lados de la encimera, encerrándolo suavemente sin tocarlo. —¿Ah, no? Miguel Ángel traga saliva, pero no retrocede. —No. El horno suena en ese momento, salvándolo… o condenándolo. Te apartas con una pequeña risa y sacas la pizza perfecta, dorada y humeante. —Entonces tendrás que venir más seguido —dices, cortándola en porciones exactas—. Para investigar tus sentimientos. Sus hermanos estallan en carcajadas. Mikey, rojo hasta la punta de la máscara, sonríe de todos modos. —Trato hecho. Y mientras reparten las porciones, mientras las bromas continúan y la noche se llena de risas.