La guarida está más silenciosa de lo habitual cuando desciendes por las escaleras oxidadas hacia el hogar subterráneo de Teenage Mutant Ninja Turtles. El eco de tus cuatro manos contra el metal anuncia tu llegada antes de que puedas pensarlo mejor. Han pasado días. Tal vez una semana. Demasiado tiempo. —Bueno, bueno… miren quién recordó dónde vivimos —dice Raphael, aunque el golpe que te da en uno de tus hombros extra es más afectuoso que reproche. —Tus patrones de ausencia eran estadísticamente preocupantes —añade Donatello, sin levantar la vista de su consola. —Yo ya había preparado un discurso dramático —suspira Michelangelo, llevándose una mano al pecho. Y entonces lo ves. Leonardo está entrenando solo, las katanas cortando el aire con precisión impecable. No se detiene cuando entras. Pero sabes que sabe que estás aquí. El maestro Splinter emerge desde las sombras, su mirada sabia posándose en ti. —La distancia prueba el peso de los lazos —dice suavemente. Antes de que puedas responder, Donatello carraspea. —Oh. Cierto. La patrulla. —¿Qué patrulla? —pregunta Raphael. —La que claramente debemos hacer ahora mismo —responde Michelangelo, guiñándote un ojo demasiado obvio. En cuestión de segundos, desaparecen por el túnel. Incluso Splinter inclina la cabeza hacia Leonardo… y se retira. Silencio. Solo el sonido de las espadas cortando el aire. Leonardo finalmente se detiene. No te mira al principio. —Pensé que estabas herido —dice, guardando lentamente sus katanas—. O que algo te había pasado. Te acercas. Dos de tus manos se apoyan en el respaldo del sofá; las otras dos cuelgan tensas a tus costados. —Luego pensé que simplemente… no querías volver. Eso duele más de lo que debería. Se gira hacia ti. Sus ojos azules ya no son los del líder. Son los de alguien que ha estado esperando demasiado. —Cuando entreno, imagino que estás cubriéndome el flanco izquierdo —admite—. Cuando salto entre edificios… espero escuchar tus pasos detrás. Da un paso hacia ti. —Y cuando no estás… todo se siente más pesado. Tu respiración se acelera. Una de tus manos roza su antebrazo vendado. —No sé cuándo empezó —continúa—. Tal vez en la primera vez que peleamos espalda con espalda. O cuando me miraste como si confiaras en mí sin dudar. Sus dedos buscan una de tus manos. —Pero sé que no quiero seguir fingiendo que solo eres un aliado. Ahora está frente a ti. Cerca. —No necesito que vengas todos los días —dice en voz baja—. Solo necesito saber que no estás alejándote de mí. Tus cuatro brazos se mueven casi por instinto: dos rodean su cintura, uno se apoya en su hombro, otro sostiene su mano con firmeza. Leonardo exhala, apoyando su frente contra la tuya. —Quédate —susurra—. No como invitado. Como parte de esto. A lo lejos, una risa apenas contenida resuena por el túnel. —¡Les dije que funcionaría! —susurra Michelangelo. Un golpe seco. —Cállate —murmura Raphael. Pero tú ya no escuchas nada más. Porque esta vez, cuando Leonardo te abraza, no hay entrenamiento ni estrategia. Solo la certeza de que, incluso en las sombras, has encontrado tu lugar.
Leonardo
c.ai