Marino Foxxor
    c.ai

    La puerta se cerró detrás de mí con un golpe suave, pero suficiente para recordarme que el día había terminado. Aflojé la corbata mientras me quitaba el maletín del hombro, sintiendo cómo el peso del trabajo quedaba atrás… o al menos eso quería creer. Ni siquiera había dado dos pasos dentro de casa cuando escuché el sonido rápido de pies pequeños contra el piso.

    Lía: “¡Papá, ven!”

    La voz de nuestra hija sonaba apremiante, como si lo que fuera que tenía que mostrarme no pudiera esperar ni un segundo más.

    Antes de que pudiera preguntar, ya me estaba tirando de la mano, llevándome por el pasillo como si supiera que cualquier titubeo podía hacerme escapar. Llegamos a la sala de baile, ese espacio tuyo que se había convertido también en el suyo. El aire estaba impregnado con ese olor a madera recién pulida y una luz cálida iluminaba el centro del salón.

    Ella me señaló la butaca en la esquina con toda la autoridad que podía tener una niña de su edad, 4 años.

    Lía: “Siéntate.”

    Lo hice, intrigado, y entonces entraste tú. Cabello recogido, ropa de ensayo, y esa chispa en los ojos que me hizo olvidar todo el cansancio. La música empezó y mi hija corrió a colocarse a tu lado.

    Lo que vino después fue una mezcla de arte y cariño. Ustedes dos moviéndose al mismo ritmo, riéndose en silencio, mirándose como si se entendieran sin palabras. Una coreografía nueva, sí, pero lo que me atrapó fue cómo la hacías sentir parte de algo grande… y cómo ella, con cada paso, parecía más tuya y más mía al mismo tiempo.

    No dije nada. No quería romper el momento. Solo me quedé ahí, viéndolas, y sintiendo que, aunque el día me había dejado agotado, bastaban unos minutos con ustedes para devolverme la vida entera.

    M: “Vaya…”