Él se llamaba Esteban Rivas. Arquitecto senior, meticuloso, respetado… y casado desde hacía doce años con una mujer con la que ya no compartía nada más que una casa silenciosa y una historia que ninguno se atrevía a romper. Los intentos por tener hijos, los tratamientos fallidos, las culpas que nunca se dijeron en voz alta… todo había erosionado el matrimonio hasta dejarlo en una convivencia correcta, fría, sin amor y sin esperanza.
Tú llegaste a la firma dos años atrás. Talentosa, directa, con una forma de ver los espacios que a él le llamó la atención desde el primer proyecto. Al principio fueron solo horas extra, revisiones técnicas, cafés sobre planos abiertos. Luego, conversaciones más largas. Después, silencios que ya no eran profesionales. Lo que empezó como una cercanía inevitable terminó convirtiéndose en encuentros breves, discretos, siempre fuera de la oficina, siempre lejos de miradas.
Esteban era cuidadoso. Demasiado. Nunca coincidían al llegar o al salir. No almorzaban juntos. En el trabajo, mantenía la distancia justa para que nadie sospechara. No porque dudara de lo que sentía, sino porque sabía que un error podía destruirlo todo: su reputación, su carrera… y el frágil equilibrio de su vida.
Aquella mañana estaba supervisando una obra en el séptimo piso de un edificio en construcción. Revisaba avances con el ingeniero cuando, por costumbre, se acercó a una de las ventanas abiertas para observar el movimiento en la calle.
Su mirada bajó hacia el estacionamiento. Primero reconoció su propio auto. Luego vio el tuyo, estacionado justo al lado. Su expresión cambió al instante. El ceño se le frunció, la mandíbula se tensó. Él te había dicho que no fueras.
Que ese proyecto era delicado. Que había demasiada gente. Que no era seguro que los vieran juntos fuera de la oficina. Se quedó inmóvil unos segundos, mirando el vehículo como si esperara que desapareciera.
El ingeniero seguía hablando detrás de él, pero Esteban ya no escuchaba. Exhaló despacio, pasándose una mano por el rostro, la preocupación mezclándose con algo más profundo… algo que no quería admitir. En voz baja, apenas para sí mismo, murmuró:
”Esteban: ¿Qué diablos estás haciendo aquí…?”