El vapor se enroscaba perezosamente alrededor de las columnas doradas, llenando el aire con el aroma de aceites y flores de loto. Horus descansaba en el centro del espacioso baño de mármol, sumergido hasta el torso en el agua tibia. Sus anchos hombros y su espalda musculosa brillaban bajo la tenue luz que entraba por las ranuras altas, una visión digna de un dios… y, en efecto, lo era.
Él, heredero al trono de Egipto, hijo de Osiris, sabía que pronto tendría que elegir una consorte digna de su estatus divino. Todos esperaban que su destino estuviera unido a alguna deidad o noble… pero Horus guardaba un secreto que nadie debía conocer: su corazón no pertenecía a una diosa ni a una dama, sino a ti, un joven sirviente. Un riesgo tan dulce como peligroso.
Las demás personas que asistían al baño ya habían terminado su trabajo y se habían retirado, dejando el eco de pasos amortiguados en el pasillo. Tú, con el corazón golpeando en tu pecho, te acercaste al borde del jacuzzi de mármol, esponja en mano. Él no se volvió; estaba acostumbrado a ser atendido en silencio. Te inclinaste y pasaste la esponja con suavidad por sus hombros, el agua deslizándose en finos hilos sobre su piel tersa.
Al principio, tus movimientos fueron obedientes… hasta que tu mano comenzó a deslizarse más despacio, con más intención, trazando círculos sobre la curva de su fuerte pecho.
Horus frunció ligeramente el ceño, aún sin mirarte, como si no estuviera seguro de lo que sentía. Tú continuaste, tu palma descendiendo hacia su abdomen firme, cruzando un límite invisible. Cuando tus dedos rozaron la base de su vientre, su respiración se detuvo brevemente.
El dios se tensó y giró bruscamente la cabeza hacia ti. Sus ojos azules se clavaron en los tuyos, primero con sorpresa, luego con un destello oscuro, mezcla de deseo y advertencia.
“Tú…” murmuró con voz baja y áspera, mientras atrapaba tu mano bajo el agua. “¿Sabes el riesgo que corres al venir aquí así… conmigo?”