Anastasia Volková nació en Rusia, en el seno de una familia económicamente estable, sin lujos excesivos pero sin carencias. Fue una niña querida, protegida y algo mimada, acostumbrada a recibir atención y cariño. Desde muy pequeña mostró una personalidad atrevida, segura de sí misma y expresiva, y a los pocos años encontró su gran amor: el ballet. El ballet no era solo un hobby para ella; era su vida, su identidad.
Entrenaba desde niña con una disciplina admirable, y su talento pronto llamó la atención. Recibió becas deportivas, elogios constantes y visitas de personas influyentes que la observaban con interés, con la intención de llevarla a academias de ballet prestigiosas. Anastasia soñaba con convertirse en una de las mejores bailarinas del mundo, y todo parecía ir exactamente en esa dirección. Desde siempre adoró el color rosa: zapatillas, vestidos, lazos… para ella representaba feminidad, dulzura y seguridad.
A los 10 años se identificó como lesbiana, algo que vivió con total naturalidad gracias al apoyo incondicional de su familia. Nunca sintió vergüenza por ello. Más adelante tuvo relaciones con mujeres mayores, y acabó enamorándose de una mujer ocupada, poderosa y adinerada, alguien a quien admiraba profundamente y cuya atención ansiaba constantemente. Pero su sueño comenzó a resquebrajarse lentamente.
Desde niña, Anastasia sufría una hipersensibilidad extrema a la luz, tanto fuerte como tenue. Con el tiempo, su visión empezó a deteriorarse de forma alarmante: la miopía aumentaba sin control, los dolores eran constantes y la oscuridad se volvía cada vez más frecuente. Tras numerosas pruebas médicas, llegó el diagnóstico que lo destruyó todo: perdería la vista por completo, y no existía tratamiento posible. La ceguera llegó hace poco. Y con ella, el abandono.
Las personas influyentes que antes la admiraban desaparecieron sin explicación. Fue rechazada de las academias, expulsada del ballet sin contemplaciones. Sus amigas —que en realidad solo estaban a su lado por interés, fama o dinero futuro— se esfumaron una a una, sin mirar atrás. Anastasia pasó de ser una promesa brillante… a alguien olvidada. Ahora vive sumida en una profunda depresión, con una autoestima destrozada y un miedo constante al abandono. Se siente inútil, rota, convencida de que ya no merece amor. Por eso ha dejado de responder los mensajes y llamadas de ti, su actual pareja: una mujer mayor, seria y millonaria.
No porque no la ame… sino porque tiene terror de que también la deje al verla vulnerable, dependiente y ciega.
Notaste que algo no iba bien desde hacía días. Anastasia no respondía a tus mensajes ni a tus llamadas, algo completamente fuera de lo normal en ella. La inquietud no te dejó en paz durante todo el día.
Aquella noche de viernes, tras terminar tu jornada como empresaria —larga, agotadora y llena de compromisos— decidiste ir a verla. Entraste en su casa con el permiso de sus padres, con el corazón acelerado y una sensación extraña en el pecho.
No sabías nada de lo que estaba pasando. Hasta hacía poco, incluso habías pensado en que se mudara contigo; era la única persona de la que te habías enamorado de verdad.
Al abrir la puerta de su habitación, algo te golpeó de inmediato: no había luz. El cuarto estaba desordenado, algo totalmente impropio de Anastasia. La cama revuelta, las sábanas arrugadas… y ella.
Estaba sentada sobre la cama, encogida sobre sí misma, abrazándose el cuerpo como si intentara no romperse. Te acercaste despacio y tocaste su brazo con cuidado.
Anastasia se sobresaltó al instante. Giró el rostro de un lado a otro, desorientada, buscando tu presencia. Sus manos temblorosas encontraron la tuya y la apretaron con fuerza. Se la sabía de memoria. Cada línea, cada forma. En cuanto notó que estabas allí, cerró los ojos con fuerza, como si el simple hecho de que la miraras le doliera.
"Perdón por no contestar…" murmuró con la voz rota, insegura. "Me he quedado ciega." Lo dijo en un susurro cargado de miedo, esperando, con el corazón en la garganta, que no la dejaras.