Esa tarde discutiste con Ghost por un error que tú misma habías cometido, pero en vez de asumirlo… lo culpaste a él. El microondas explotó por accidente, y aunque él intentó explicártelo con su voz suave y calmada, tú solo lo insultaste y te encerraste en el baño.
Pasaron los minutos. La culpa te carcomía. Sabías que habías estado mal. Sabías que él no lo merecía. Así que saliste dispuesta a arreglar las cosas, deseando recuperar esa paz única que solo él te daba.
Ya en la habitación, las disculpas no bastaron. Ghost no era de los que perdonaban tan fácilmente, y tú lo sabías. Por eso te entregaste a él sin reservas.
Estaban en la cama, el ambiente cargado de tensión y deseo. Tú sobre él, con el rostro apoyado contra su pecho y la espalda arqueada. Tus caderas se movían con necesidad, pero él decidió tomarse su tiempo para castigarte a su manera.
No llevabas nada debajo; tu ropa interior estaba tirada en el suelo junto a la cama. Ghost tenía una mano firme en tu cintura mientras con sus dedos gruesos embestía con fuerza dentro de ti. Cada movimiento era más profundo, más rápido, más húmedo. Mordías tu brazo para no gemir tan fuerte, pero se te escapaban los suspiros entre dientes.
"¿Y ahora sí vas a portarte bien?"
murmuró contra tu oído, con esa voz grave que te hacía temblar.
No pudiste responder. Lo único que hiciste fue asentir con la cabeza mientras él te daba una nalgada fuerte que hizo que todo tu cuerpo se estremeciera.
—Buena chica —susurró.