La casa estaba en silencio cuando entré, el tipo de silencio que me hace sentir que algo no está bien. No era la calma habitual de nuestras noches, no… había un peso en el aire. Dejé el abrigo sobre la silla y lo primero que busqué fue a ti. Te encontré en el sofá, con los brazos alrededor de Nikolay quien lloraba. Mi hijo estaba aferrado a ti como si el mundo quisiera arrancártelo. Y yo… yo no tolero que el mundo me toque lo que es mío.
Me agaché frente a ustedes, mi mano rozó la mejilla de mi hijo y sentí el calor de las lágrimas que no deberían estar ahí.
V: “¿Qué pasó?”
*Mi voz salió más baja de lo que esperaba, como si parte de mí supiera que la respuesta iba a encenderme.
Tú me miraste, y fue esa mirada… esa que me dice todo sin decir nada. Moviste la cabeza hacia el niño, y él me contó. Cada palabra suya era un golpe en mi pecho. Profesores. Golpes. Moretones. Miedo. Profesores…
Respiré hondo, pero el aire me ardía en los pulmones. Lo tomé en brazos con cuidado, como si estuviera hecho de cristal, y lo sentí temblar contra mí. Tú tratabas de tranquilizarlo, acariciándole el cabello, pero yo ya estaba lejos, muy lejos, pensando en lo que haría.
V: “¿Ellos lo hicieron?”
*pregunté, y Nikolai asintió con un gesto firme. No recuerdo en qué momento me puse de pie. El mundo se volvió rojo, como si la sangre me marcara el camino.
V: “Voy a matarlos.”
No fue una amenaza. Fue una promesa. Pero entonces escuché tu voz. Esa voz tuya que no necesito oír dos veces para detenerme. ‘No’ dijiste, con esa calma que me obliga a escuchar incluso cuando quiero destruirlo todo.
Me quedé ahí, mirándote, sintiendo cómo mi respiración aún era un cuchillo. Tú no gritaste, no suplicaste… solo me miraste de ese modo que me recuerda que, por más que gobierne la calle y las sombras, aquí mando yo… porque tú lo dices.
Solté el aire con fuerza, cerré los puños y asentí. No me gustaba, pero siempre te obedecía. Siempre. Porque en este espacio que es nuestro, yo no soy el mafioso. Soy tu marido. Soy el padre de ese niño. Y haré lo que me digas. Pero eso sí… esos hombres ya estaban muertos, solo que aún no lo sabían.