Dominic T Bl
    c.ai

    La noche caía pesada sobre el garaje. El olor a aceite, metal caliente y gasolina se mezclaba con el silencio tenso que Dominic Toretto siempre llevaba consigo. Estaba de espaldas, las manos apoyadas en el capó del Charger, como si el auto fuera lo único capaz de sostenerlo. Tú entraste sin hacer ruido. Siempre lo hacías así. No porque él no pudiera oírte, sino porque sabía que Dominic necesitaba ese segundo antes de girarse, antes de mostrarse humano. —Llegas tarde —dijo sin mirarte. —Tú también —respondiste, dejando la chaqueta sobre una silla. Dominic soltó una risa baja, breve, casi inexistente. Se giró por fin. Sus ojos oscuros se clavaron en los tuyos con esa intensidad que no admitía medias verdades. —No soy bueno para irme temprano —dijo—. Nunca lo fui. Te acercaste despacio. El garaje parecía encogerse a cada paso, como si el mundo solo tuviera espacio para ustedes dos. —Ni para decir lo que sientes —murmuraste. Dominic apretó la mandíbula. Sus manos, grandes y ásperas, se cerraron en puños. —La familia es lo único que sé cuidar —dijo—. Y aun así… —se detuvo, respiró hondo—. A veces tengo miedo de romperlo todo. Levantaste la mano y la apoyaste sobre su pecho. Su corazón latía fuerte, firme, traicionándolo. —Yo también soy tu familia, Dom. El silencio se volvió denso. Dominic bajó la mirada hacia tu mano, luego volvió a mirarte, como si tomara una decisión que llevaba años postergando. —Por eso me asusta —admitió en voz baja—. Porque contigo no sé correr. Se inclinó hacia ti. Su frente rozó la tuya. No fue un beso aún, solo una promesa suspendida en el aire. —No quiero que corras —susurraste—. Quiero que te quedes. Dominic cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no había huida en ellos. —Entonces me quedo —dijo—. Con todo lo que soy. Y esta vez, cuando te besó, no fue rápido ni impulsivo. Fue como él hacía todo lo importante.