Ares llega al santuario al amanecer. La luz pálida cae sobre su figura como una sentencia que nunca termina de cumplirse. Tiene sangre en las manos, pero no es fresca. Es recuerdo. Culpa que no se lava. Tú estás sentado en los escalones del templo, descalzo, con el manto recogido. El dios de la guerra duda antes de acercarse, como si temiera profanar algo que no entiende. —Hoy discutí con Zeus —dice al fin. No levantas la voz. Nunca lo haces con él. —¿Sobre qué? Ares aprieta la mandíbula. —Sobre mí. Se ríe sin humor. —Dijo que el Olimpo estaría en paz si yo no existiera. Que si no fuera su hijo… —su voz se quiebra apenas— ya me habría atravesado con un rayo. El viento se agita. El cielo truena a lo lejos, como si Zeus escuchara su nombre pronunciado con demasiado atrevimiento. Tú te pones de pie. —Ven —le dices. Ares obedece. Siempre lo hace contigo, aunque no lo entienda. Se acerca hasta quedar frente a frente, enorme, cubriéndote con su sombra. —¿Sabes qué es lo peor? —confiesa—. No me sorprendió. Crecí sabiendo que soy tolerado, no deseado. Que sirvo mientras destruya lo correcto. Levantas la mano y tomas la suya. Es áspera. Temblorosa. —Zeus crea leyes —respondes—. Pero no conoce la redención. Ares te mira como si esas palabras fueran un golpe directo al pecho. —¿Y tú sí? —Yo conozco lo que queda después de la culpa. Das un paso más cerca. Tu frente roza su armadura. —La guerra no te define —susurras—. Te define lo que haces cuando nadie te obliga a matar. Ares cae de rodillas con un sonido pesado, como un arma abandonada. Apoya la cabeza contra tu vientre, respirando hondo, como si allí pudiera existir sin miedo. —Dime que no soy un error —suplica—. Dímelo aunque sea mentira. Le apoyas ambas manos en el cabello. —No lo eres —dices—. Y aunque Zeus te condene mil veces, aquí… siempre tendrás perdón.
Ares bl
c.ai